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jueves, 4 de marzo de 2010

CONCEPCIÓN LEYEZ DE CHAVES - KAÁ y ÑANDUTÍ / Fuente: RÍO LUNADO - MITOS Y COSTUMBRES DEL PARAGUAY

(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
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KAÁ

** Kaá nació en la ribera del Apa, allí donde este río arrastra sus aguas por un álveo de cuarzo y mica resplandecientes. Uno de sus primos le dijo un día que en su cuerpo se amalgamó todo cuanto de bello y apetecible esparció la naturaleza en las cordilleras lontanas, en los valles próximos, en la pedregosa cuenca y en la dorada arena del río. Ella fue a mirarse en el espejo azul del agua, y admitió que su primo le había dicho la verdad. Le agradaba caminar por los acantilados, trepar a los árboles más altos y escudriñar el horizonte. Sin más compañía que la de un pájaro extraño, frecuentaba los lugares más abruptos, recogía cantos rodados y corolas irisadas; se recostaba en los bloques micáceos recalentados por el sol; tejía profusas guirnaldas y volvía a su casa adornada de flores.
** Esa tarde, después de un largo paseo, Kaá llegó hasta el río. Sentóse en un trozo de cuarzo violáceo y se puso a jugar con el agua y la arena rica en pepitas áureas. De pronto se irguió, sobresaltada por el graznido del ave que hacía de centinela en la ribera. Oteó ambas orillas y, como no descubriera nada extraordinario, volvió a sus juegos. Sin embargo, alguien se hallaba de pie sobre el muro micáceo, oculto en el follaje, turbado por deseos invencibles, que le venían del cielo, del agua, del fondo de su juventud sin historia, en lucha siempre con el deber y los ensueños. Cuando se aproximó la noche, Kaá regresó a su casa; en el camino se cruzó con un joven cenceño, de mirar ardiente. El pájaro graznó al verlo, incapaz de comunicar a su dueña que ese mozo era el mismo que estuvo en el acantilado, absorto ante la hermosura de ella. La muchacha se detuvo a mirarlo de atrás, a sabiendas de que esto es de mal agüero; pero no podía resistir al encanto de aquella figura casi luminosa, que iba apagándose en los vericuetos del sendero ya sumido en la noche.
** Por primera vez las andanzas del día no le proporcionaron a Kaá el tranquilo sueño habitual. Pasó la noche de cara a las estrellas, abriendo los ojos a cada instante, porque le parecía que un rostro enjuto se inclinaba sobre ella y le quemaba con su aliento.
** Temprano la despertó el sonido de una voz desconocida. El joven con quien el día antes se cruzara en el sendero, se hallaba ahí, en conversación con su padre. Pronto supo que era un sacerdote de los mbiá, que traspuso las montañas limítrofes, atraído por la fama de los metales y piedras preciosas que rutilaban en las cuencas del río. Traía un séquito numeroso, y los hallazgos serían destinados al templo de Mbaéverá guasú, denominado así por el brillo deslumbrador de sus riquezas. Kaá sintió que se le encogía el corazón. Los mbiá preferían la muerte antes que unirse a individuos de otras tribus, porque se creían de prosapia inigualada. Este prejuicio era particularmente insalvable para los a varé, sacerdotes formados en el dominio de los impulsos y en el endurecimiento físico, a fuerza de ayunos, mortificaciones y otras prácticas de ascetismo. No obstante Kaá se enamoró del avaré, a quien el amor no le era permitido.
** Día y noche erró por la selva tórrida, por las riberas rocallosas, por los imperceptibles senderos, buscando al joven magro, de ojos ardientes y fresca sonrisa, que llevaba una vincha de piel de onza prendida sobre la frente con una placa de cuaré potí yú. Apenas lo divisaba corría a su encuentro, pero lo encontraba tan indiferente y tan callado que, cohibida, huía de él a ocultar su desesperanza. Cuando supo que el sacerdote regresaba esa noche a Mbaéverá-guasú, Kaá conoció el más terrible dolor de su vida. Antes de quedar eternamente con un sueño de amor estéril, resolvió hablar con el forastero. Cansada de buscarlo inútilmente, tomó el camino del río. Sentado sobre el bloque de cuarzo amatista, se hallaba el joven, encorvado el torso, los pies en el agua y la obscura cabellera caída sobre el rostro a modo de un velo interpuesto entre él y el mundo. EI sol jugueteaba en los árboles, sin alcanzar ya prenderse en las aristas de las rocas. La penumbra ahondaba el cauce del río y agrandaba la silueta del avaré. Para llamar la atención de este hombre callado e inmóvil, Kaá ensayó una dulce melopea y danzó después. Alzó el mbiá la espléndida cabeza, y vio aquella forma engarzada en la ribera como un trozo móvil y resplandeciente de cristal de roca. Primero pensó en huir, pero la beldad era una potencia regia y la soledad su imperial dominio. Quedó pendiente de los menores escorzos de aquel cuerpo que se alargaba, se encogía, se encendía de sol y se trocaba en llama viva para exacerbar su vibración juvenil. Aquella niña le repetía de modo irresistible todo cuanto le había murmurado confusamente la noche y la luz, la vigilia y el sueño, la tierra y el cielo, la soledad y el martirio. De un salto llegó hasta ella y la miró en los ojos. Sintióse como despeñado a un desfiladero, poseído de un solo vértigo, el de confundirse con aquella criatura en llamarada eterna. De súbito juntó las cejas en una honda arruga vertical. Los impulsos de la sangre moza seguían golpeando en sus arterias, pero todo un mundo de tradición, de respeto a principios heredados y a juramentos inviolables, se precipitaban sobre su conciencia, anonadando sus ímpetus varoniles.
** Kaá intuyó que antes de beber se le iba romper el vaso. Su corazón ardió como una llama; alargó los brazos, se le prendió al avaré cual liana viva, adelantó el rostro al contacto deseado. Cuando los cabellos de ella le cayeron sobre los ojos, el mozo sintió algo así como si un ciervo galopara en sus entrañas; en el vértice fatal, una diástole repentina del corazón desvió el rumbo de sus impulsos. Con vivo ademán empuñó el itá mará que traía en la cintura, y golpeó con ella la cabeza tentadora. Se oyó un ruido como de cuarzos que se quiebran. La joven se desprendió laxa, cual junco que perdió su apoyo. Tendida sobre el césped, fue prolongándose en un reguero de sangre resplandeciente. El pájaro emprendió a picotazos contra el sacerdote, que permaneció impasible, los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada perdida en lontananza.
** Un silencio sombrío, casi palpable, cayó sobre la faz de la tierra. A lo lejos vacilaban las fogatas prendidas para ahuyentar a las fieras y a los espíritus adversos. Todo seguía su curso en la región apenas accidentada por la muerte de una enamorada. El sacerdote acabó por dar oídos al graznido del ave que repetía; Jhypá Kaá.
** -¡Sí! ¡Kaá se extinguió! -pensó, con la impresión de que se le había apagado una antorcha para siempre. Sin embargo irguióse altivo, rígido, orgulloso de haber realizado una ofrenda ingenua, el sacrificio de su juventud apasionada y bella, y creyó ver en lontananza la sonrisa victoriosa de sus dioses. Luego corrió por el sendero sombrío; su cabello flotaba al viento como una bandera negra. De pronto doblegó la cabeza, desconcertado, por dos revelaciones imprevistas, la desatada angustia de la carne y la naciente tortura del remordimiento. La primera sería sofocada, la segunda pasaría y repasaría por su ser cual torbellino invencible. Kaá dejaba al amado recuerdos abrumadores.
** Muchas lunas pasaron. Precedido por larga fama de virtudes y saber, un anciano llegó al lugar donde transcurriera la breve existencia de Kaá. Era todavía de cuerpo hermoso, muy cenceño, de suave sonrisa y ojos ardientes. Solo esos chorros de saliva bermeja que de vez en cuando echaba sobre el pastizal, denotaban en el que se aproximaba al reino de las sombras. En el abra del río, frente al acantilado resplandeciente, vióse acometido por un ave furiosa casi ciega, que repetía: Jhypá Kaá. El anciano la apaciguó con un conjuro, o acaso ella misma se amansó por instinto. Juntos siguieron andando, el ave con el cuello tendido hacia el rumor del agua, él con el blanco manto ondeante, espiando cada piedra del barranco; se detuvo ante el trozo de cuarzo violeta y revivió los graves acontecimientos que turbaron su mocedad.
** Huyendo del sol estival que invadía el cenit, fue a situarse bajo un arbusto y apartó la vista de las flores rojas que esmaltaban el suelo cual coágulos de sangre. Un pronunciado aroma se le reveló como una presencia.
** Inmóvil, observó las brillantes hojas que le entoldaban la frente, extrañado de que siendo un sabio en plantas, desconociera el ejemplar que le daba sombra. Esta sombra y aquel aroma seguían acariciándolo, insinuándose en él como si retornaran de un confinamiento forzado, dispuestos a quebrar la discordia, a establecer una unidad esencial y definitiva. Soñando aprisionar y eternizar algo infinito que había desconocido hasta entonces, aferróse las ramas, arrancó las hojas, las estrujó y las masticó extasiado, con primaria avidez, cual si fuera un manjar de antiguo codiciado. El zumo ardiente y acre se expandió por todo su ser en abrasadoras ondas y le transmitió una extraordinaria vivacidad. De pronto se halló ante un lago eterno e inviolado, que ocultaba un Mbaéverá-guasú deslumbrador, pero vacío de los ídolos ante los cuales se había arrastrado en inútiles suplicios purificadores. Una sola imagen brillaba de pie en los altares, una sola irradiaba como diosa soberana de aquel templo. La forma inmortal, escapada del olvido y de la muerte, hacia florecer ahora, de una vez, todos los gérmenes arrojados en su corazón, muchas lunas antes, a orillas de ese mismo río. ¿Por qué no haberles dado paso, a su hora, ya que toda violencia había resultado impotente para anonadarlos? Una sola palabra halló para traducir toda la inmensa vibración de su alma: "¡Kaá porá!" -exclamó, entre borbotones de sangre bermeja. El amor, el dolor y la belleza se unían en un solo son ante la muerte. El hechizo turbador de una planta desmoronaba todo el secreto de una vida. El sacerdote venía a sumirse en la tierra donde corriera la sangre, cuyo ardor le quemó para siempre la mente y la carne. La maraña que rodea a la yerba-mate traduce la pasión áspera e impenetrable del asceta, y Jhypá Kaá es el ave que sigue defendiendo a esa planta de la codicia humana, cada vez más implacable y destructora.
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ÑANDUTÍ
** ÑANDÚ GUASÚ RAJHY, era hijo del jefe de los "grandes avestruces" e iguales a éstos por la fuerza y la velocidad en la carrera. Poseía los clásicos rasgos de su linaje, mediana estatura, miembros bien proporcionados, expresión inteligente y vivaz. Lleva con agilidad y gracia un manto de blancas plumas de avestruz. Sus negros cabellos contrastaban con la blanca cimera sujeta por una vincha roja, y blancas eran también las plumas de sus ligas.
** Para ganar su amor, las doncellas bailaban ante él, lentas y sensuales danzas; le ofrecían pindó maduro y cahuy tibio, y se iban después, desilusionadas por su indiferencia, pero sin dejar de adorarlo.
** Una sola mujer existía para él en la tierra; se llamaba Sá purú y pertenecía a un clan amigo.
** La muchacha tenía los movimientos gráciles y salvajes de un ciervo joven, sus ojos se parecían al itá mará, piedra maléfica que desvía la flecha, seca los manantiales, corroe los huesos, esteriliza y mata por enervamiento. Prevalecía en ella el orgullo de la belleza de esos ojos, y miraba a los hombres de frente, de un modo profundo y tenaz, los soslayaba luego en un relampagueo que le iluminaba los dientes y las córneas. Después, echaba hacia atrás la cabeza, bajaba los párpados de pestañas combadas, borraba la sonrisa y quedaba como envuelta en una sombra imantada. Así se dejó admirar por Ñandú Guasu rajhy en varias ocasiones, hasta que un día, de pie sobre una piedra, le ordenó que nunca más tratara de aproximársele. Desde entonces el mozo perdió el sueño, buscó la soledad y odió la vida.
** En vano, la madre recurrió a las hierbas que dispensan el olvido; en vano, el padre le colgó al cuello un mboreví itá que cura los males del corazón, y mandó a un siervo tres noches consecutivas, a romper tres huevos de anó por vez, en las puertas de la cabaña de Sá purú. Los encantamientos pasaron como vientos acrecentando, si esto fuera posible, la pasión atormentada de Ñandú Guasú.
** -Sin ella el mundo parece un Kaí-güera-pensó el mozo, disparando sus dardos a los veteados cerdos salvajes.
** La vieja sucia y ladina que cuidaba de Sá purú, le informó un día que la muchacha había manifestado a sus padres su resolución de casarse con el hombre que le hiciere el más raro o más valioso presente; y contó que en la morada de la bella, los admiradores dejaban ajorcas de huesos, utensilios de carozo de coco pulido como ébano, piedras veteadas, los parlanchines, pendientes de nácar, esteras de complicada trama, pectorales de mariposas, collares de plumas, pieles rellenas de yerba-mate, odres de eireté y ramos de kaá güy poty, la orquídea más rara de las selvas guaraníes.
** El mozo se puso a buscar algo que superara a todo lo enumerado por la vieja. Esta volvió otra vez para decirle que Yacy Ñemoñaré, aquel guerrero alto, de tinte pálido, que se consideraba descendiente de la luna, había regresado de Ytatí, y traía unas ajorcas y pendientes tallados en cierto metal blanco y brillante, reputado por muy valioso.
** Esta noticia lo dejó a Ñandú Guasú más abatido que nunca. No concebía la vida sin Sá purú; menos la posibilidad de que Yacy ÑemoÑaré mordiera la fruta jugosa de aquella boca, o acariciara los párpados de pestañas combadas. El canto de un cogohé lejano le sugirió la idea de la muerte. Huyendo del trino fatídico se internó en la selva. El piar de las aves, el roce de las hojas, el hervor de vida en nidos y refugios invisibles, agudizaron su pasión, y los celos impartieron a su semblante una expresión de ferocidad muy ajena a su sangre.
** Le cerró el paso un árbol carbonizado por el rayo, quedó un rato mirando las escuetas ramas que se destacaban en el hoyo azul de un pedazo de cielo. De repente, divisó una urdimbre iridiscente, que pendía de dos gajos quemados. Sus hebras sutiles parecían rayos de luna, briznas de plumas o radiantes estambres de flores de guayabo, añadidos y entrelazados. Una gota de rocío parpadeaba en el redondel, cuya trama seguía urdiendo un insecto pequeño y negro, rueca viva que hilaba la luz extraída del inagotable filón de sus entrañas. El ovoideo laboratorio de aquel vientre diluía volutas de humo, gotas de lágrimas, hilos de lluvia, escamas de peces, agujas de escarcha y las clámides impalpables de cuantas libélulas bogan sobre las aguas en las siestas estivales.
** El semblante del mozo floreció en soñadora sonrisa. En vez de la muerte entrevía la vida. El genio de la selva le proporcionaba aquel velo, que él extendería sobre el seno de Sa purú. El cendal fabricado con las más finas galas de la naturaleza, era un presente insuperable, que le ganará la posesión del ser amado. Trepó al árbol y, a punto de apoderarse del tesoro, se volvió presuroso para rechazar al que trataba de derribarlo. Reconoció a su odiado rival, Yacy Ñemoñaré, y trabó con él una lucha cuerpo a cuerpo.
** Ñandú Guasú no tenía armas, pero su adversario llevaba un cacaj bien provisto de flechas. Logró apoderarse de una de ellas y la clavó en el riñón del pálido guerrero. Manando sangre a borbotones, Yacy Ñemoñaré se desprendió de su enemigo, vaciló y cayó al suelo, rompiendo de paso algunas ramas calcinadas.
** Indiferente al episodio, el vencedor ascendió a la meta. Suyo sería el velo sutil; alargó la mano, lo desprendió y quedó suspenso erizado los cabellos, las pupilas dilatadas. El tejido iridiscente so había transformado en esa sucias greñas, que se le pegaban a lo, dedos temblorosos.
** Enmudeció de espanto el que por bravo se creía hermano de tigres.
** Sabía que los genios selváticos crean espejismos en sus dominios, con el fin de burlarse de los mortales. No ignoraba tampoco la ascendencia lunar atribuida a su víctima. Ambas circunstancia podían volverse contra él, y ante esos poderes misteriosos que rigen las conciencias, sintióse débil e inerme. La derrota sin lucha, en la que nada influyen la habilidad ni la pujanza, y la angustia quo produce la estéril rebelión contra el destino, lo dejaron empequeñecido y miserable.
** El alba vino a sacarlo de su marasmo; con movimientos de autómata, se orientó hacia su casa.
** Ardía el sol cuando el kario se despertó al llamado de su madre.
** Incorporóse en la hamaca y se pasó la lengua por los labios resecos; tenía los ojos inyectados de sangre y el pulso febril. La anciana le explicó que había interrumpido su sueño alarmada por sus gritos y quejas. ¿Lo hirieron? ¿Sufría? A las preguntas maternas el joven opuso un silencio altivo y huraño. Poco a poco fue cediera do, y terminó por sincerarse. Relató lo acaecido en el bosque y se quejó de su suerte.
** -La luna siempre nos ha traído males -murmuró la anciana. Nosotros pertenecemos al sol; tenemos el ára-resá en las pupilas, la luz que nos permite ver en la noche como nuestros parientes, los jaguares.
** Por eso nos hemos concitado los celos de la noctámbula. No cabe duda, ella destruyó el velo que recuperaremos a la luz solar. Iremos juntos al bosque -propuso- y llevaré cascabeles de crótalos y dientes de puma sacrificado al salir el sol, poderosos talismanes contra los hechizos lunarios.
** Madre e hijo se dirigieron al bosque. Al pie del árbol muerto por el rayo, las hormigas cubrían los despojos del pálido guerrero; arriba, en el espacio, las aves de rapiña trazaban lentas parábolas de muerte. La anciana murió de soslayo los despojos; luego descubrió la trama sutil, flotante entre las ramas quemadas.
** A la luz del sol, el tejido cobraba un encanto nuevo. Revestida de aristas, de puntas, de líneas brillantísimas, irradiaba en un encandilamiento de átomos. Cada fibra era un prisma que disociaba luz en millones de gotas minúsculas, fascinando las pupilas con los colores del iris
** Transparente, casi etéreo diríase incapaz de resistir el soplo de un niño.
** Sin embargo, un obscuro insecto se mecía en su trama, diseñando círculos, agregando nuevas hebras fluidas del inagotable filón de sus entrañas. Aleccionada por el fracaso del hijo, la anciana, se abstuvo de palpar el maravilloso velo. Permaneció a prudente distancia, atenta a la obra del pequeño artífice, observando el diseño y el orden de ejecución.
** Al atardecer, despertóse Ñandú Guasú. Echado sobre el césped había recuperado durante el día el sueño no conciliado en la noche. Apenas despierto, sintió de nuevo la mordedura de su desengaño. Miró a su madre y quedó atónito. En manos de la anciana flotaba un velo flexible, de suaves transparencias, con reflejos del nácar, de la espuma y de la niebla. El diseño estaba calcado en el otro que seguía pendiente en las ramas, ostentando su belleza ilusoria.
** El mozo no se atrevió a tocarlo; su madre trató de convencerlo de que el cendal era igual al modelo de belleza, pero distinto en calidad y resistencia. Por último, lo tuvo en las manos, y preguntó, emocionado: -¿Cómo has realizado este primor tangible, tan bello como el juego de un rayo lunar?
** Del modo más sencillo y natural. La anciana, con esa capacidad mental, característica de las mujeres de estirpe, había estudiado el modelo, la dirección de las líneas, sus convergencias y entrecruzamientos, y echó mano a las hebras de sus cabellos encanecidos para tejer el redondel.
** La leyenda no dice si el amor materno, venero inagotable de prodigios, contribuyó en este caso para conquistar la felicidad de un hijo, pero conservó la denominación de ñandutí, abreviatura de ñandú-atí, canas de avestruz, para designar los encajes que continuaron tejiendo los guaraníes sobre el modelo primitivo, y el vocablo ñandú, que significa avestruz, pasó a dar nombre al arácnido que en la naturaleza hace el papel de encajero. De este modo se perpetuó la memoria de la ingeniosa madre de la tribu de los Ñandú-Guasú.
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Fuente: RÍO LUNADO - MITOS Y COSTUMBRES DEL PARAGUAY por MARÍA CONCEPCIÓN LEYEZ DE CHAVES - Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay, 2007 (228 Páginas). Prólogo: Osvaldo González Real

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