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viernes, 20 de agosto de 2010

BRANISLAVA SUSNIK - ADORNOS PLUMARIOS / Fuente: ARTESANÍA INDÍGENA. ENSAYO ANALÍTICO, Imágenes: COLECCIÓN MUSEO ANDRÉS BARBERO.

ADORNOS PLUMARIOS
Ensayo de BRANISLAVA SUSNIK
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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ADORNOS PLUMARIOS
Los adornos plumarios siempre implican un lenguaje socio ceremonial de la comunidad; el "trajeamiento" ceremonial y social significa para los indígenas su auto-afirmación existencial y una seguridad socio-mágica por el mismo simbolismo de las plumas de pájaros del "mundo ornitomorfo". Se combinan de esta manera dos expresiones: la simbolizante-interpretativa y la selectiva de la materia prima -a veces por simples colores-, ambas interpretando la verdadera conjugación indígena de la identificación mágico-ceremonial.

Los documentos históricos destacan el uso profuso de adornos plumarios de los antiguos Guaraníes; las borlas plumarias no faltaban ni en los arcos ni en las flechas, si se trataba de una comunicación "social"; las diademas plumarios con cubrenucas, predominando las plumas vistosas de los Psitácidos (loros), caracterizaban a todos los Guaraníes; los grandes mantos plumarios, usados por los "karaí", los shamanes andantes, se mencionan entre los Guayrá-Guaraníes del siglo XVII; las "rosetas" plumarias identificaban todo un complejo "floral simbólico" de los antiguos Guaraníes. Los modernos Guaraníes conservan el uso de dos adornos plumarios, asociados con su creencias sobrevivientes, pero ya faltos de su tradicional "ostentación" ceremonial. Fuera de simples pautas ornamentales, hay que considerar su concepto en cuanto a la selección de plumas de determinados pájaros; nunca emplean las plumas de aves rapaces que simbolizan la negación de la vida; hay una abierta preferencia por las plumas de loros (Psitácidos), -verde, amarillo, azul-, de tucanos (Ramphástidos), -negro, amarillo, anaranjado-, de "urú" y de "yapú" (Ostinops bifasciatus), -negro, rojo, amarillo. Todos los pájaros mencionados desempeñan su rol en la "realidad" mitológica de los Guaraníes.

La guirnalda "yeguaká", antiguamente una diadema con largas plumas de los Psitácidos, se compone de tres partes: la banda tejida de algodón, ancha de 5 a 8 cents., el emplumado de la banda y la trenza que cae por la espalda, adornada con las plumas axilares de "yapú", expresión de la magia "manipuladora" contra la magia negra. El emplumado de la banda consiste en tres o cuatro líneas horizontales de plumitas pectorales de los Psitácidos "gwa'á, kanindé y kainarí" o amarillas del tucano; un cordoncillo enlaza los filamentos de las plumitas, dobladas en su punta, de dos a tres; otro hilo enlaza a todos; cosiéndose luego a la banda de algodón. La guirnalda "yeguaká" interpreta el "lumen" de la fructificación y de la vida "indestructible"; los Mbyá-Guaraníes suelen llamarse -hablando dentro del lenguaje ceremonial-, "Yegwakátenondé porã".

La guirnalda "akangwa'á" es también una ancha banda frontal, tejida de algodón y listada en marrón oscuro, o ya trenzada de fibras de "yvíra" (Bromeliacea), terminando en una trenza que lleva pendientes de plumas axilares de pájaros a modo de los antiguos cubre-nuca. Sobre la banda misma se colocan las plumas pectorales en forma de "rosetas" o "flores" plumarias - "flor" abierta o por abrirse-, generalmente usándose las plumas del pájaro tucano; un kilo de algodón o de fibras de "pindó sirve para fijarlas; una sola banda puede llevar 8 rosetas en una sola o en dos hileras; es frecuente que los filamentos de las plumas se entretejan en las mismas banda de algodón. Este adorno plumario corresponde a los shamanes de la categoría "Tupã", "dueño de la lluvia".
Las bandoleras emplumadas "yiasá'á", a veces doblemente cruzadas, se componen de 30 o más kilos de algodón, de color marrón oscuro, entrelazados intermitentemente, donde se fijan con otro hilo "las flores plumarias" en forma de largas borlas, botones de plumas pectorales o pendientes simples de plumas axilares de los Psitácidos. Menos frecuentes son las bandoleras trenzadas de fibras de "yvíra", con borlas plumarias de la gallinácea "urú"; entre los Mbyás no faltan bandoleras trenzadas de cabellos humanos, con o sin borlas plumarias. El jefe en su rol antiguo de "padre de la comunidad" impone a los adolescentes la bandolera, hecha de semillas de "yvaú", con profusión de "flores plumarias", lo que interpreta la aceptación de los jóvenes en la comunidad socio-ceremonial.

Entre los Chaqueños se destacan los Chamacosos y los ayoweos-Moros por su arte plumario, disponiendo en su hábitat de pájaros multicolores; la extraordinaria variedad de adornos plumarios se debe en gran parte a su misma estructura socio étnica, siempre un estímulo de diferenciación expresivo ornamental. La diadema plumaria, "pasypárak", es el distintivo del hombre societario; no llevarla en ocasiones festivales significaría renegar de su comunidad tribal. Como la base de la diadema sirve una banda-redecilla de "caraguatá"; las plumas pectorales de los pájaros se recogen por los mismos enlaces de la redecilla. Hay un patrón fijo del emplumado: tres hileras plumarias, las laterales de color negro, pero en el centro destacándose las plumas verdes, amarillas o rosadas, usándose las plumas de loros o de patos reales. En estas diademas suelen fijarse los palitos, largos de 20 a 30 cmts., que llevan rosetas plumarias, pegadas a los mismos mediante la cera o ya fijadas con hilos de "caraguatá". Los brazaletes plumarios imitan el mismo estilo, excepto si se trata del ceremonial religioso-ceremonial, cuando se emplean solamente las plumas pectorales de color rojo.

Los grandes penachos, casi siempre con cubre-nuca, se llevan en ocasión de grandes festivales anuales, celebrados en recordación de los sucesos míticos que dieron "el origen al mundo social" de los Chamacocos. La confección de los mismos es muy cuidadosa, apartándose los hombres de la comunidad para componerlos dentro de la "casa de hombres"; todo trabajo plumario es exclusivamente masculino. De base sirve siempre un trenzado de "caraguatá", generalmente angosto, donde se recogen los cañones de las plumas largas, en su puma doblados y luego enlazados con el hilo de "caraguatá"; las plumas largas son de color negro o marrón oscuro, simbolizando el complejo demoníaco-anabsónico vencido, pero los ribetes son de plumas verdes de loros. Los cubre-nuca se componen de un conjunto de cordoncillos de "caraguatá" que sirven para la fijación de plumas en formas más variadas; así por ejemplo: flecos-borlas plumarios, rollos trenzados de plumas pectorales de pájaros, arrollados plumarios, todos formando una vistosa red de pendones plumarios. Es impresionante la habilidad de los Chamacocos y de los Ayoweos de saber aprovechar el material plumario y confeccionarlo artesanalmente, en especial si se trata de los "arrollados" plumarios. Esta tendencia expresiva era tan dominante que, faltando ya a los Chamacocos el material plumario al iniciarse el proceso de aculturación, recurrieron a "estuches rellenos" de cualquier tela adquirida para imitar sus antiguos pendones plumarios. Los cubre-nuca eran variados ya que cada hombre debía identificarse socio-clánicamente; no obstante, había cierta competencia individual en cuanto a la confección de los pendones plumarios, un indudable estímulo mientras la comunidad seguía culturalmente aislada.

Los penachos de los shamanes son angostas bandas frontales, trenzadas de cabellos humanos, símbolo de la vitalidad; en el medio de la banda se atascan mazos de plumas blancas de avestruz -en su significación de una "gambeta mágica", o un copete de plumas de pato real, que interpreta "la sabiduría entre la tierra y el firmamento". En este caso es el valor simbólico del pájaro como tal y no la expresión artística el patrón dominante. Los shamanes usan también sus "chúkku", palillos de algarrobo, recubiertos con pelusa o plumas pectorales de los "pájaros shamánicos" y el mazo de plumas de loros para defenderse contra "lo maligno" durante sus viajes visionarios. Los cantores de la lluvia usaban bandas y bandoleras con abundantes pendones arrollados plumarios, siempre de color negro para clamar por los "pájaros de la lluvia". Los hombres societarios y no menos los shamanes usaban festivalmente largos ceñidores plumarios, a veces de 30 cmts. se componen de unos 20 cordoncillos de "caraguatá", de color natural o teñidos en marrón oscuro, colgando de ellos a distancia de unos 5 cmts., las borlas plumarias; intermitentemente, unos 10 ó 15 pendones arrollados plumarios de color verde o negro complementan el ceñidor.

Con toda esta dominante expresión "plumaria" -social, ceremonial y shamánica-, manifestada por los Chamacocos, el abandono de la artesanía plumaria iba a la par con el proceso de aculturación; los adornos plumarios constituían su "lenguaje social" mientras las comunidades vivían según sus pautas tradicionales; no se olvidan los Chamacocos de su "trajeamiento" plumario, y siguen orgullosos de esta tradición; empero, como ellos mismos interpretan, "servían para la vida de antes y no para nuestra vida de hoy".

Los adornos plumarios de los Chaqueños son notablemente más uniformes, siendo más limitada la vistosidad de las plumas de los pájaros chaqueños. Los grandes penachos constituían antes el orgullo y el prestigio del hombre cazador y guerrero; antiguamente servían de base las bandas de piel de pájaros y redecillas de "caraguatá", introduciéndose luego las bandas de lana, teñidos en color rojo; las largas pluma de garza blanca o rojas de flamencos se fijan, con la punta doblada del cañón, enlazadas por medio del hilo de "caraguatá" o ya directamente cosidas. Muchas veces se lucían altos copetes plumarios, atascados en las vendas frontales, varillas emplumadas o ya simples plumas largas ornamentalmente recortadas.

De los Mbayáes sureños del siglo XVII se habla de la "fiesta del emplumado", coligada con el festival de la iniciación guerrera; los grandes penachos se componían de grandes plumas axilares de diferentes pájaros y de varillas "emplumadas" que llevaban borlas, copetes o plumas recortadas en forma triangular, redonda o rectangular. Los penachos de los Mbayáes norteños eran de plumas multicolores, a veces con los cubrenuca de plumas blancas de avestruz. Entre ellos era manifiesta la tendencia por el use de plumas amarillas; para tal fin adoptaron la práctica de los vasallos Chané-Arawak y Guaraníes de teñir de amarillo el plumaje verde de los loros-Psitácidos; sacando las plumitas originarias, solían fregar dichas partes con el "urucú" (Bixa Orellana) o aplicar el zumo de ciertas raíces.

Los penachos más apreciados por los Lenguas y los Pilcomayenses en general se componen de plumas rosadas del pato real o de espátulas, o ya rojo-carmesí de los flamencos; tales penachos conferían o habilitaban al portador -jefe real o pretendido de la comunidad-, el derecho de "decir y ser escuchado". Los jefes guerreros usaban los penachos de pluma de garza Blanca; los cazadores comunes se contentaban con las plumas blancas de avestruz o simples copetes con plumas recortadas geométricamente; nunca faltaban los pendientes, los picos de los pájaros conceptuados como activos o agresivos. Es interesante acotar que, cuando se dio la importancia a las bandas anchas frontales, tejidas de lana roja, prestábase menos atención al emplumado y más a la ornamentación con abalarios de la mismas bandas. También todos los Chaqueños usaban los ceñidores de largas plumas de avestruz -en forma de mandiles plumarios-, que llegaban a veces hasta las rodillas, obligatorios en cualquier manifestación festival o ceremonial, predominando el concepto de una protección mágica contra "la adversidad".
Las tobilleras de plumas de avestruz -a veces también brazaletes-, eran un adorno casi pautado en todas las danzas ceremoniales; se buscaba la "magia de engaño" para reafirmarse en su seguridad contra lo "imprevisto de la tierra"; el cañón de la pluma se partía por la mitad en el sentido longitudinal para sacar la parte blanda; era frecuente un teñido ornamental rosáceo.

La artesanía plumaria -como se desprende de lo expuesto-, es íntimamente un distintivo socio-tribal; con la desintegración interna por la aculturación, muchos cofactores -el valor de plumas en asociación simbólica con los pájaros, representatividad ceremonial, ostentación festival, identificación por el status prestigio social, iban anulándose; de esta manera ocurrió una transvaloración de los mismos adornos plumarios.
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SONAJAS "MBARAKÁ". GUARANÍES.
COLECCIÓN MUSEO ETNOGRÁFICO ANDRÉS BARBERO.


ADORNOS PLUMARIOS DE LOS CHAMACOCOS
COLECCIÓN MUSEO ETNOGRÁFICO ANDRÉS BARBERO.

ADORNOS CON ABALARIOS; CHACO.
COLECCIÓN MUSEO ETNOGRÁFICO ANDRÉS BARBERO.




ADORNOS PLUMARIOS COMBINADOS; GUARANÍES.
COLECCIÓN MUSEO ETNOGRÁFICO ANDRÉS BARBERO.
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Fuente:
ARTESANÍA INDÍGENA. ENSAYO ANALÍTICO
Obra de BRANISLAVA SUSNIK
© BRANISLAVA SUSNIK – FUNDACIÓN LA PIEDAD
© Editorial El Lector,
Director Editorial: Pablo León Burían
Tapa: ROBERTO GOIRIZ,
Composición y armado: Fátima Benítez,
Fotos: HOMERO SOLALINDE,
Asunción – Paraguay,
1998 (145 páginas).

miércoles, 18 de agosto de 2010

BRANISLAVA SUSNIK - ARTESANÍA INDÍGENA, ENSAYO ANALÍTICO /


ARTESANÍA INDÍGENA
ENSAYO ANALÍTICO
Obra de BRANISLAVA SUSNIK
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
© BRANISLAVA SUSNIK – FUNDACIÓN LA PIEDAD
© Editorial El Lector,
Director Editorial: Pablo León Burían
Tel.: 498.384.
Tapa: ROBERTO GOIRIZ,
Composición y armado: Fátima Benítez,
Fotos: HOMERO SOLALINDE,
Asunción – Paraguay,
1998 (145 páginas)

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INTRODUCCIÓN
Al hablar de la artesanía de los indígenas, hay que conocer su real vivencia cultural antigua, ésta siempre una determinante de las necesidades de la comunidad en su proyección subsistencial, social y religioso- festival. Su lucha por la sobrevivencia, su vida en pequeñas comunidades y su sentir mágico religioso no favorecían "una creación", sino acondicionaban una adaptación imitativa. El aprovechamiento utilitario de la materia prima predominaba, manifestando los indígenas gran habilidad; los estímulos estéticos no faltaban: la observación expresivo-festival, el simbolismo identificador con lo natural y lo sobrenatural circundante, y la inclinación natural del hombre hacia "lo bello"; empero, también en este aspecto revelase un "utilitarismo" estético, de donde cierta uniformidad muy pautada de la artesanía y de la misma ornamentación decorativa. La manufactura indígena era siempre una "tarea" dentro de la comunidad; todos, mujeres y hombres, cumplían con estas "tareas" para satisfacer las necesidades de los grupos doméstico-familiares. La labor en red de "caraguata", la alfarería, el trenzado con hilo doble, el tejido, la cestería - excepto entre los Mbyá-Guaraníes, eran tareas propias de la mujer; las pautas uniformes era obvias; esto no obstante, las manufactureras -dentro de la uniformidad-, seguían también a sus instinto "competidor", manifestándose básicamente en la combinación de los motivos ornamentales; era un modo de la expresión individual "de prestigio y capacidad" dentro de lo pautado. Los trabajos en madera, piedra, metal, concha, hueso, pirograbación y adornos plumarios correspondían al hombre; en la artesanía plumaria era manifiesta la tendencia competitiva desde el punto de vista social y estético-expresivo; por otra parte, en cuanto los trabajos en madera, piedra o metal ya surgían los "individuos" que se destacaban por su habilidad, no siendo estas tareas generalizadas dentro de la comunidad.
Considerando esta realidad cultural tradicional de los indígenas, podrán comprenderse los factores que llevaron -a causa del contacto periférico o ya directo con el ambiente blanco-, al paulatino abandono de muchas de sus expresiones artesanales. En los siguientes cáptalos, tratando cada manufactura en particular, se pretende esbozar lo tradicional y lo transicional en la artesanía indígena.
BRANISLAVA SUSNIK
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REFERENCIAS A LOS GRUPOS ETNICOS MENCIONADOS EN ESTE TRABAJO


I. GUAYCURUES

1. MBAYÁ-EYIGUAYEGI. Este pueblo de cazadores belicosos y agresivos poblaba en la época colonial la orilla chaqueña del río Paraguay y ocupaba desde los mediados del siglo XVII las tierras del Paraguay Oriental desde el río Miranda hasta el río Jejuí, provocando el despoblamiento guaraní de la zona y constituyéndose en una permanente amenaza para los establecimientos criollos. Adoptando el caballo, se volvieron ecuestres, desarrollaron clases sociales, manifestaban un exaltado etnocentrismo y una abierta tendencia hacia la ostentación socio-festival. Todos estos factores influyeron en su expresión cultural, y más aún teniendo a su servicio a los vasallos Chané-Arawak, éstos oriundos de las tierras pre andinas, siempre excelentes artesanos. Para "igualarse" a los provinciales, los Mbayáes adoptaron muchos elementos culturales, incluyendo metal, pero siempre "mbayá-izándolos". Hacia los fines del siglo XVIII, viéronse los Mbayáes "encerrados" en sus tierras, faltándoles la libre movilidad la lucha de los criollos por la reconquista de las tierras al norte del rio Jejuí los obligó a emigrar hacia Matto Grosso, buscando la interesada protección de los Portugueses.
2. PAYAGUAES. Este pueblo canoero-truequista-pirata dominaba el río Paraguay hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Eran los Paraguayes belicosos, confiados en su habilidad canoera, pero también astutos, sabiendo no solamente trocar bienes intertribalmente o violentamente adquiridos en el ambiente blanco, sino también adoptar directamente algunas manufacturas criollas para "sacar ventaja" del truenque-venta. Esto no obstante, los Payaguaes no integraban a su propia cultura los nuevos elementos, considerándolo una "traición" a la conciencia étnica. Cuando hacia los fines del siglo XVIII asentáronse en Tacumbú y Chacarita, los Payaguaes "manufacturaban" desde botijones de barro cocido hasta las calabazas-estuches pirograbadas, vendiéndolos en la ciudad. Después de la gran guerra del "70" -en la cual los Payaguaes participaron con un regimiento-, su ocaso fue rápido y hoy son extinguidos.
3. EMOK-TOBAS. Los Tobas cruzaron el rio Pilcomayo recién hacia los fines del siglo XVII, si bien otros grupos movíanse en las tierras desde la confluencia del río Paraguay y Paraná al norte; en la segunda mitad del siglo XVII luchaban con otras tribus para asegurarse su nuevo hábitat entre los ríos Pilcomayo y Confuso. También los Tobas eran ecuestres-botineros, pero dentro de su pauta tradicional de "cazadores", lo que se trasluce también en su expresión cultural. En la segunda mitad del siglo XIX ocurrió el mestizamiento Toba-Maskoy, predominando el status del "hombre Toba"; esto no obstante, la influencia de las mujeres Maskoy, además del ocaso de la orientación de "cazador-botinero ecuestre", llevaron a un utilitarismo cultural más abierto, lo que se refleja también en su artesanía.

II. ZAMUCOS

Los antiguos Zamucos, divididos en varios grupos tribales, se movían entre la Provincia de Chiquitos y la zona del Chaco Boreal; en la primera mitad del siglo XVII, los jesuitas pretendieron crear una "provincia de los Zamucos", pero el plan fracasó. Muchos Zamucos fueron trasladados a la floreciente provincia de Chiquitos; otros grupos tribales quedaban en sus tierras norte chaqueñas, viviendo según sus pautas culturales tradicionales. De estos últimos sobrevivieron los Chamacocos y los Ayoweos.

Los Chamacocos abandonaron hacia fines del siglo XVIII el interior del Chaco y se desplazaron hacia la ribera del Alto Río Paraguay, las tierras entonces ya abandonadas por los Mbayá-Guaycurúes. Se caracterizan por su organización socioclánica y por su ceremonial religioso rápidamente pautado, lo que en cierto sentido acondicionaba su famosa artesanía plumaria. El carácter de los Chamacocos es extrovertido y vivaz, siéndoles fácil una activa comunicación con el ambiente blanco, de donde un asimilador proceso aculturativo; la oposición interna entre el impositivo dominio de los "viejos" y la restringida movilidad de los "jóvenes" contribuyó al rápido cambio cultural; el resultado fue una deculturación espontanea, cuando hasta las plumas para los adornos "teñíanse" con anilina.
Los Ayoweo-"Moros" manifiestan el mismo carácter extrovertido y una gran capacidad adaptativa. Los Ayoweos son fusionados de diferentes grupos fraccionados de los antiguos Zamucos, moviéndose en el extremo norte del Chaco Boreal; evitaban todo contacto periférico con los blancos, si bien incurrían en ocasionales asaltos a fin de proveerse de hierro para sus típicas cuñas. Los Ayoweos representan el grupo étnico recién aculturado, pero con una notable habilidad adaptativa.

III. MATACOS

Las tribus de esta filiación movíanse siempre en el Chaco Occidental, recibiendo cierta influencia cultural pre-andina. Los Choroti-Yofuaha históricamente ocupaban la zona chaqueña árida, ayudándose con la pesca, la cría de ovejas, y en el siglo pasado también con trueques intertribales; aprovechaban también el trabajo en los ingenios de azúcar argentinos, a veces periódicamente trasladándose allá las pequeñas comunidades. Por su carácter son introvertidos, anteponiendo la magia a la acción; son utilitaristas, adquisitivos, pero por largo tiempo manifestaron cierta resistencia a la asimilación de los nuevos elementos culturales; consecuentemente, o se aíslan en sus pautas tradicionales o se entregan a una aculturación rápida y desordenada.
Por el contrario, los NIWAKLI-CHULUPÍES siempre manifestaron su gran capacidad adoptiva de elementos culturales utilitarios, demostrando a veces un dinamismo subsistencial productivo. Por la tradición etnohistórica, los Chulupíes se plasmaron probablemente con los Guentuses, antiguos cultivadores del complejo Matará-Bermejano, lo que indudablemente motivó el aprecio por el cultivo, una actividad generalmente rechazada por otros chaqueños. Entre las tribus vecinas, los Chulupíes fueron conocidos como "ovejeros" o como "parecidos a los Chanés"; éstos apreciados en el área chaqueña por su manufactura neolítica. En los comienzos de este siglo, muchas aldeas chulupíes competían por su potencialidad económica; esto no obstante, la manufactura siguió pautada, sin una particularización etnocultural.

LOS MAKAS son los descendientes de los antiguos Enimagá-Cochaboth de la época colonial, quienes eran ecuestres y agresivos, atacando las estancias en la otra orilla del río Paraguay; manifestaban siempre el ethos de una autosuficiencia tribal, provocando por simple afán competitivo a las tribus vecinas, pedestres o ecuestres. Una potencial epidemia de viruela en la segunda mitad del siglo XVIII los obligó a retirarse hacia el interior del Chaco para adquirir nuevamente la estabilidad demográfica. Se mantuvieron aislados, recobrando sus antiguas pautas subsistenciales y manufacturales hasta el año 1929, cuando retomaron el contacto con el ambiente blanco, pero ya conocidos bajo el apelativo Maká. Al asentarse en la colonia Bartolomé de Las Casas, adaptáronse a la "subsistencia" urbano-periférica, buscando ventajas inmediatas, pero siempre conservando su orgullo y su astucia étnica.

IV. MASKOY

Exceptuando el grupo sureño de los Lengua-"Machicui", todos los otros grupos tribales de esta filiación experimentaron la influencia culturo-periférica de los Chanés altoparaguayenses. Encerrados en el interior del Chaco Central y sin un directo contacto con el ambiente blanco casi hasta los comienzos del siglo XIX, seguían aferrados a sus aputas culturales tradicionales. LOS ENTHLIT-LENGUAS adoptaron algún elemento cultural chané o criollo por su simple orientación utilitaria; empero, su cierto pasivismo frente a la vivencia actuaba de factor poco propicio para un desarrollo competitivo. La fundación de los establecimientos estancieros, de los "puertos" tanineros y, luego, la colonización menonita anularon el tradicional "chaco" cultural de los Lenguas, convirtiéndolos en vaqueros y hacheros o carreteros, cambiando su módulo subsistencial y deculturando su manufactura, LOS SANAPANÁS, ANGAITES Y KASHKIHÁS, antiguos vasallos de los Mbayáes y vecinos de los Chanés, recibieron de estos últimos algunos nuevos elementos culturales, pero siempre con la limitación propia del estrecho utilitarismo sin una proyección etnosocial expresiva. Con la deculturación progresiva -exceptuando a los Kashkihás con una orientación productiva, también estos grupos cayeron en un simple pauperismo marginal.

V. GUARANIES

Al iniciarse la conquista hispana, los Guaraníes ocupaban las aéreas entre los ríos Miranda y Paraná, entre los ríos Paranapanemá hasta el sur del río Uruguay. Asentándose también en las islas grandes de los ríos Paraná y Uruguay; en esta amplia zona existían muchos enclaves, las tierras de los protopobladores Kainganges-Gés. El río Paraguay siempre fue la "frontera" entre los Guaraníes y los Chaqueños. Siendo de cultura neolítica, los Guaraníes actuaban de difusores de nuevos elementos culturales entre los proto-pobladores cazadores recolectores. En la organización socio-económica y en la misma producción manufacturera de los antiguos Guaraníes se observaban dos orientaciones casi contradictorias; un dinamismo sociocultural por una parte, y por otra, cierto exclusivismo pasivo, los factores que luego acondicionaron su ocaso.
La aculturación colonial de los Guaraníes, sea en los "távapueblos" provinciales o en las reducciones jesuíticas, significaba una nueva estructuración socio-económica, un nuevo tipo de manufacturación y oficios con la proyección productiva provincial, y también una nueva orientación "cristiano-popular", este aspecto siempre tan importante para la expresión estético-artesanal, Los Guaraníes tenían la libertad de seguir con su manufactura tradicional para su use "domestico"; empero, el dirigismo por una parte, y por otra, la vida comunalizada de los indígenas actuaban de factores negativos, volviéndose ellos indiferentes o ya -como miembros de los "táva-pueblos"-, adaptándose a la cultura rural-provincial.
Los "Guaraníes "Monteses", quienes desde el siglo XVI quedaron libres e independientes en las tierras desde el río Monday hasta las Sierras de Amambay, conservaron sus básicas pautas culturales; empero, fraccionados en pequeñas comunidades recelosas entre sí, anímicamente en un estado de pasiva evasión, cayeron en el simple utilitarismo, guiado por las necesidades inmediatas, de donde una latente pauperización de su expresión cultural. Las tres tribus sobrevivientes en el Paraguay, por mucho tiempo también formando paste de los "Monteses", manifiestan, no obstante, algunas peculiaridades culturales. Los Mbyá-Guaraníes, los más conservadores, poco se diferencian por su orientación sociocultural de los "Monteses" de Mbaé-verá del siglo XVIII, pobladores de la zona entre los ríos Acaray y Monday. Las pequeñas comunidades siguen "encerradas" en su utilitarismo cultural, predominando una pasiva evasión religioso-ceremonial. LOS AVÁ-KATÚ-ETÉ - CHIRIPÁ constituyen el grupo guaraní que en los primeros decenios del siglo XVII formaba parte de los Guayrá-Guaraníes; después del éxodo guaraní frente a la amenaza de los bandeirantes paulistas, guiado por el P. Ruíz de Montoya, muchas comunidades se refugiaron en los bosques altoparanaenses. Los Chiripas en el siglo pasado buscaban rápidamente la comunicación de "ventajas" con el ambiente blanco, prestando su servicio de brazos, iniciando así una "doble" vivencia: en su comunidad el tradicional cultivo, y el periódico bracerismo; en su rápida aculturación se reflejan ambas tendencias. LOS PAÑ-TAVYTERA son descendientes de los antiguos, Itatines y Tarumaes, los grupos que experimentaron la cristianización de los "táva-pueblos" y la misionalización jesuítica. Muchos grupos quedaban siempre enclavados en las tierras entre las Sierras de Amambay y el río Itanará, evadiendo las temidas invasiones de los Mbayá-Guaycurúes en busca de esclavos. Los Pañ-Tavyterã no desaprovecharon las oportunidades del conchabo en el ambiente blanco, quedando a la vez apegados a su tradicional ethos de "la tierra-roza buena". Empero, su manufactura es deculturada, siendo los Pañ permeables a la adopción de nuevos elementos culturales por su simple "utilidad", así como en sus conceptos seudo-religiosos adoptan motivos cristianos, "guaranizandolos".
LOS ACHÉ-GUAYAKÍES, linguísticamente guaranizados, culturalmente con las pautas abiertamente paleolíticas, conocíanse ya en el siglo XVII como "merodeadores" periféricos de las aldeas mbyá-guaraníes. Su manifestación cultural siempre fue de un estrecho aprovechamiento utilitario de los recursos naturales. Acercándose al ambiente blanco, al verse restringidos en su movilidad de cazadores, adaptáronse al nuevo ambiente dentro de los límites de la conveniencia subsistencial.


REFERENCIAS:
*. Col. Museo A. B. = Colecciones del Museo Etnográfico "Andrés Barbero".
*. Boggiani, Guido: Os Caduveos. Bibl. Histórica Brasilera. Traducción. S. Paulo, 1942.
*. Grubb, W. Barbrooke: An unknown people in an unknown land. London, 1925.
*. Ribeiro, Darcy: A arte dos Indios Kadiuéu. Serviço de Documentacão. Rio de Janeiro.

PARA LA BIBLIOGRAFIA DETALLADA VER:
*. SUSNIK, BRANISLAVA:
-Los Aborígenes del Paraguay. Cultura material. T. IV. Asunción, 1982.
-Guía del Museo Etnográfico "Andrés Barbero". 9a edición. Asunción, 1984.
*. ESCOBAR, TICIO: Una interpretación de las artes visuales en el Paraguay. T.I. Asunción, 1983. Colección de Las Américas - 1.


INDICE
INTRODUCCIÓN

1-. CESTERÍA
2. LABOR EN RED DE "CARAGUATÁ" Y CORDELERÍA
3. ALFARERÍA
4. TRENZADO CON HILO DOBLE Y TEJIDO
5. TRABAJOS EN MADERA, PIEDRA Y METAL
6. TRABAJOS EN PIELES, CONCHA, HUESO, CALABAZAS Y ABALORIOS
7. ADORNOS PLUMARIOS
REFERENCIAS A LOS GRUPOS ÉTNICOS MENCIONADOS EN ESTE TRABAJO.
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Visite la GALERÍA DE LETRAS
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.

lunes, 26 de julio de 2010

TICIO ESCOBAR - ACERCA DE LAS IMAGINERÍA RELIGIOSA MISIONERA Y POPULAR EN EL PARAGUAY. (PRIMERA PARTE) / CENTRO DE ARTES VISUALES/MUSEO DEL BARRO.

SANTO Y SEÑA. ACERCA DE LAS
IMAGINERÍA RELIGIOSA MISIONERA
Y POPULAR EN EL PARAGUAY.
(PRIMERA PARTE)
Autor: TICIO ESCOBAR
(Enlace a documentos y obras
En la GALERÍA DE ARTES del
www.portalguarani.com )
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ACERCA DE LAS IMAGINERÍA RELIGIOSA MISIONERA
Y POPULAR EN EL PARAGUAY.

INTRODUCCIÓN
CUESTIONES

La escultura de figuras de santos cristianos confeccionada en madera, tallada y policromada, constituye uno de los fenómenos más interesantes de la historia de las artes visuales en el Paraguay y las regiones adyacentes.
Esta práctica, iniciada con la llegada de los misioneros franciscanos y jesuíticos, ha consolidado una fuerte tradición que, sobre el fondo de sucesivos y diferentes registros culturales, continúa vigente, simultáneamente menguada en su producción y renovada en sus razones.
A los efectos de contextualizar y clasificar las colecciones de imaginería religiosa pertenecientes al acervo de un museo de arte (el Centro de Artes Visuales/Museo del Barro), interesa plantear este artículo en torno al estatuto artístico de las piezas que lo componen.
Esta cuestión es central para el análisis de formas ocurridas en pleno frente de litigio intercultural. Las imágenes extranjeras llegan a América como puntales de una acción aculturativa y etnocida: los indígenas son forzados a cambiar sus figuras (o sus no-figuras) por estas potentes efigies que representaban mundos extraños, incompatibles con sus creencias y sus memorias. Y son obligados (o inducidos, en el mejor de los casos) a hacerlo en una clave de sensibilidad diferente a la suya y sobre códigos de representación desconocidos. ¿Hasta qué punto podría hablarse de arte en relación a operaciones que suponen una imposición, que implican procedimientos imitativos, que excluyen programáticamente todo principio de creatividad y libertad expresiva? El artículo recuerda esta pregunta a lo largo de su desarrollo. Una pregunta difícil de responder, pero indispensable para considerar el sentido propio de las prácticas periféricas.
La consolidación del arte popular, germinado en el centro de las reducciones, especialmente las franciscanas, asomado entre las grietas misioneras y afianzado en la intemperie que dejaron las misiones, anticipa posibles respuestas y plantea otras cuestiones.
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Altar doméstico. Taller popular franciscano.
Siglos XVIII y XIX. CAV/Museo del Barro.
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DESTIEMPOS
La tensión entre los modelos metropolitanos y la producción de las periferias constituye, así, una cuestión indispensable para considerar tanto los procesos de pérdida como los de copia, adulteración, transacción y apropiación que se encuentran encontrados en la base de ese ámbito incierto que llamamos “arte latinoamericano”. La colonización europea recayó sobre los territorios nuevos siguiendo un programa preciso de destrucción de las bases culturales originarias y reemplazo de sus signos por los europeos. Pero ninguna empresa de dominación puede ser cabalmente cumplida, porque son limitados los alcances del poder conquistador y obstinada la resistencia de las culturas conquistadas. Pero, también, porque esa empresa involucra imaginarios y moviliza jugadas simbólicas, y ningún proyecto cultural puede ser enteramente consumado en cuanto transcurre en la escena resbaladiza de la representación. Los procesos colonizadores, como los poscolonizadores, no pueden por ello sostenerse en la pura coerción: precisan, por una parte, persuadir y ser aceptados; deben, por otra, ceder, transar, asumir la persistencia de signos innegociables.
Aun los más severos procesos de conquista y colonización cultural, los más implacables movimientos etnocidas, no alcanzan a cubrir toda el área de la cultura y dejan,
a su pesar, una zona vacante. En esa franja descubierta, los indígenas, y luego los mestizos y los criollos, lograron en muchos casos tergiversar el sentido de los signos dominantes y asegurar un cierto terreno donde asentar la memoria, resguardar cierto capital simbólico y apoyar proyectos propios. Desde estos lugares sobrantes pudieron ellos zafarse del destino espurio de constituir calcos degradados de verdades originales; es decir, pudieron en parte zafarse del proyecto dominante. En muchas ocasiones, pertrechados en esos márgenes, los indígenas colonizados comenzaron copiando aplicadamente los modelos europeos y terminaron transgrediendo sus cánones y sus códigos, una vez desmontado el sentido del prototipo: creando formas nuevas, sobre las ruinas; a veces, de las propias.
No siempre esa creación obedeció a procesos intencionales. Los trastornos que sufren los lenguajes metropolitanos al nombrar las historias periféricas se originan ciertamente en la oposición de un proyecto indócil, decidido a resistir la invasión, desviar sus embates o trastornar su sentido. Surgen, también, de equívocos y yerros, de la impericia en la copia de ejemplares ajenos (que requieren sensibilidades, técnicas y destrezas desconocidas) y resultan de los extravíos que produce el destiempo (los desajustes entre historias distintas, las demoras entre el momento del original y el del modelo). Provienen, por último, de las distorsiones provocadas por las sucesivas copias: ya se sabe que muy pocas veces trajeron los misioneros obras originales, por lo que las réplicas realizadas en los talleres se basaban en imágenes de segunda o tercera mano. Pero los desvíos del proyecto dominante o hegemónico derivan también de las concesiones que debe hacer el poder ante dos límites que se le presentan: por un lado, la imposibilidad de destruir ciertos meollos de la cultura subalterna; por otro, la necesidad de mantener o crear puntos de coincidencias en torno a los cuales los usuarios de esta cultura puedan identificarse con ciertos momentos o figuras del proyecto colonial. Sin una mínima aceptación, a pura fuerza, no puede crearse un hecho de cultura; menos aún, un producto artístico.
Todos estos factores provocan deslices en la práctica de la colonización cultural. Y abren desfases fecundos donde puede operar la diferencia, la base del arte popular que crecerá después.
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Amba. Altar avá. Procede de Acaraymí, c. 1990.
CAV/Museo del Barro.
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LAS FORMAS DEL CAMBIO
LA PÉRDIDA
El impacto colonial sobre las culturas originarias tuvo tres momentos, no sucesivos ni excluyentes entre sí. El primero, aculturativo, consistió en la represión y la devastación de grandes áreas de estas culturas, arrasadas por la dominación. Ciertas formas fueron aniquiladas y sustituidas por otras, impuestas. De entrada, los misioneros franciscanos y jesuitas identificaron y pasaron a extirpar, o a intentar hacerlo, ciertos dispositivos fundamentales de la cultura guaraní en cuanto no servían al proyecto de las reducciones: los rituales y ceremonias, la palabra mítica, los sistemas de creencias y valores de los pueblos reducidos. En el contexto de las misiones, muchas otras formas se desmoronaron solas cuando hubieron sido suprimidos sus contextos. Así, el arte plumario guaraní se apagó con el ocaso del poder de los shamanes y los guerreros, como la milenaria cestería se extravió una vez olvidadas sus funciones y sus empleos. Y, de este modo, la gran cerámica desapareció siguiendo la suerte de sus contenidos primeros (funerarios, antropofágicos, ceremoniales). En ese territorio arruinado, los misioneros instalaron las imágenes importadas de Europa, cuyos excesos y opulencia resultaban antitéticos a la templada sensibilidad de la cultura guaraní. En muchos casos, el choque se resolvió, como queda visto, en la emergencia de formaciones culturales sincréticas; en otros, en la extinción directa de acervos enteros. Este proceso, que a través de diferentes modalidades afectó a todos los grupos étnicos, continuó a lo largo de la Colonia y cruzó los primeros tiempos republicanos y los gobiernos independientes. Continúa, en cierto sentido, hasta hoy, provocado por la desidia estatal e impulsado por las muchas prácticas intolerantes y etnocidas, incapaces de aceptar la diversidad cultural. Pero, a los efectos de presentar el catálogo de las colecciones del Centro de Artes Visuales, este artículo sólo se refiere a la aculturación misionera recaída sobre los guaraní.

LA DEFENSA
El segundo momento marca una acción autoafirmativa: la resistencia indígena, tanto expresada en forma activa a través de rebeliones violentas como ejercida mediante diversas estrategias para cautelar ciertos mojones de la identidad cultural. Los procesos de preservación de los acervos patrimoniales étnicos ocurrieron fundamentalmente entre los indígenas no sometidos a reducciones, pero, a pesar del control misionero, aun los guaraní reducidos lograron conservar cierta sensibilidad estética, así como determinado sentido de la expresión y una manera propia de concebir el espacio y plantear la forma. La defensa de la identidad cultural significa no sólo la preservación de prácticas tradicionales, sino el uso, intencional, de formas en torno a las que los indígenas se identifican y mediante las cuales se sienten expresados.

LAS TRANSACCIONES
En ciertas ocasiones, el acervo cultural se enriquece con el aporte de técnicas y materiales y la incorporación de usos y soluciones formales nuevas, pero las matrices de significación siguen siendo las mismas. Éste es el caso del momento autoafirmativo, tratado bajo el subtítulo anterior. El último momento, el tercero, se refiere a situaciones transaccionales. Por una parte, aunque la comunidad conserve una particular sensibilidad estética, debe reformular sus códigos simbólicos para asimilar imágenes demasiado diferentes a las que tramitan ellos.
Así, acometidas por formas ajenas que fuerzan los límites de su horizonte simbólico, las culturas hacen un esfuerzo para poder absorberlas, vinculándolas con sus propias experiencias y adaptándolas a necesidades locales. Por otra parte, la colonización cultural, que no puede sostenerse a través de medios puramente coercitivos y etnocidas, debe reajustar sus estrategias para negociar ámbitos de encuentro.
A veces los signos extranjeros son impuestos o propuestos como sustitutos de figuras locales cuyo lugar continúa disponible y abierto; tal es el caso de formas acercadas por los misioneros, y asumidas por los indígenas, para que éstos reemplacen rituales, imágenes o certezas que han perdido, de golpe, vigencia. Otras veces, los signos ajenos no son impuestos, sino seleccionados por la comunidad, que no encuentra en sus repertorios tradicionales respuestas para enfrentar cambios históricos radicales.
Estos movimientos de reacomodo no sólo garantizan la supervivencia cultural, sino que enriquecen los patrimonios simbólicos. Es que, si el concepto de aculturación implica vaciamiento y pérdida, el de transculturación se refiere a la creación de nuevos hechos culturales producidos por la diferencia, el conflicto y, aun, la colonización. Si el primer término permite suponer la imposición triunfal de una cultura todopoderosa que recae sobre otra, sumisa y pasiva, vaciando y recargándola con sus formas, el segundo remite a posiciones complejas que deben negociar en torno al sentido.
Por un lado, las culturas dominantes o hegemónicas carecen del poder de aplicar en bloque sus modelos; deben obtener una mínima adhesión de las subordinadas. Por otro, éstas no se pliegan simplemente ante el avance de frentes expansivos: pueden esquivarlos o asimilarlos y hacer de estos movimientos principio de signos nuevos. No es muy amplio el margen de maniobra que tienen para hacerlo, pero en los resquicios que abren los desacoples del poder, los desencuentros de la representación o la resistencia cultural, pueden afirmarse gestos capaces de producir la mínima cuantía de diferencia que requiere el arte para operar.
De esta manera, muchas obras, destinadas en su origen a constituir remedos de los modelos centrales, pudieron conquistar su originalidad colándose por entre los resquicios que dejan los límites del proyecto colonizador. O en cuanto por yerro, desidia o insumisa obstinación desobedecieron el sentido impuesto por ese proyecto y alcanzaron a producir cierta obra propia en el medio de una escena avasallada.
Este artículo busca trabajar ese espacio marginal de producción: el correspondiente a sectores indígenas y mestizos crecido a lo largo de la sujeción colonial, consolidado durante el siglo XIX y proseguido durante el siguiente y el actual, a contrapelo de las condiciones hostiles que cada tiempo renueva.
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Nicho de viaje. Taller franciscano. s. XVII.
CAV/Museo del Barro.
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LOS ESCENARIOS COLONIALES
A partir del tiempo iniciado con la Colonia, a mediados del S. XVI, esos tres movimientos de aculturación, resistencia y transculturación actuaron simultáneamente. Lo hicieron trenzados en procesos desiguales que acentuaron uno u otro de esos tres momentos según los aires oscilantes de la historia y los empujes de sus protagonistas, opuestos casi siempre entre sí. A partir pues de aquel tiempo, la producción de imágenes ocurrió en diferentes escenarios, animados o interferidos por fuerzas discordantes. En primer lugar, el ámbito de los guaraní que, no reducidos, siguieron viviendo según su propia tradición, sometida a influencias coloniales varias. En segundo, el de los pueblos a cargo de curatos franciscanos, constituidos en reducciones o “doctrinas” y marcados por su talante corporativo propio y su particular inserción en la Provincia, con la que compartía vicisitudes y proyectos. Después, el espacio reduccional jesuítico, eficiente en sus cometidos, severo en sus pautas, separado del Paraguay provincial.
Cada uno de estos espacios produjo inflexiones propias en la imagen “santera” colonial que hicieron de ésta una obra compleja, tributaria de diversas matrices estilísticas y memorias desiguales.
Aun considerando esa diversidad, difícilmente podrán ser desmarcadas tajantemente las obras producidas en cada uno de estos escenarios. En general, aunque existan diferencias entre las obras destinadas a las iglesias franciscanas y a las jesuíticas, unas y otras comparten franjas de producción y presentan márgenes confusos que impiden marcar en forma tajante divergencias entre unas y otras. Tampoco pueden ser distinguidas de manera concluyente muchas de las obras producidas al final de los tiempos coloniales, fuera ya del esquema reduccional. La dispersión de los artesanos de talleres jesuíticos, una vez expulsada la Compañía de Jesús en 1767, produjo, por otra parte, influencias que dificultan las distinciones claras. Hecha esta salvedad y suponiendo las ambigüedades recién enunciadas, bajo los siguientes títulos se resaltarán los rasgos diferenciales de los dos escenarios básicos donde sucede la producción de imágenes religiosas.

EL ESPACIO DEL MONTE
El primer escenario es el relativo a los indígenas que no fueron sometidos a reducciones, que continuaron sus modelos de vida tradicional y sólo superficialmente acogieron formas de origen colonial. Durante los primeros tiempos coloniales, los guaraní no reducidos, llamados entonces avá montés (“indio del monte”), componían dos grupos (los Karemá, de la región del Mbaracayú, y los Apyteré, de la zona Tarumá), ascendientes de los que pueblan hoy el Paraguay: los mbyá, los avá chiripá y los paī tavyterā. Tales etnias mantuvieron su autonomía política y sus identidades culturales aunque desarrollaron diversos procesos transculturativos a través de contactos mantenidos con la sociedad colonial, básicamente a través de los táva, los pueblos civiles de indios. Estos procesos también fueron afectando las culturas instaladas en el Chaco, pero en este artículo nos referimos sólo a los guaraní, pues la producción de imágenes religiosas sólo ocurrió en el ámbito de una influencia particularmente misionera, que no tuvo incidencia entre las etnias chaqueñas. En sentido estricto, tampoco la tuvo casi entre los guaraní, por lo menos de manera inmediata. La adopción de figuras talladas, en efecto, se circunscribió a la imagen de la cruz y la de ciertos elementos que pasaron a adornar el amba, el altar avá.
La figura de la cruz se encontraba ya difundida entre los guaraní desde épocas coloniales, a partir de sus primeros contactos con los blancos y los misioneros jesuíticos. Su adopción se habría originado en la decisión de asumir un símbolo ajeno para usufructuar sus poderes mágicos (1). Talladas por los avá en madera de cedro (ygary, el árbol sagrado de los guaraní) y adornadas con pequeñas plumas, las cruces penden de las varas que levantan el altar -tataendy’y- o de los cordones emplumados que lo engalanan -tukumbo-. Según los actuales guaraní, las cruces provienen de la intersección de las varillas rituales llamadas yvyra’i, que así cruzadas indican los cuatro puntos cardinales. Los mbyá guaraní revisten las cruces con el milenario sistema ornamental “cestero” basado en el entrecruzado de tiras vegetales; pero esta operación corresponde más a fines estético-expresivos que a empleos religiosos.
Las esculturas zoomorfas, también talladas en madera de cedro, que hoy confeccionan todos los grupos guaraní, como, en general, las demás etnias en el Paraguay, también se basan en apropiaciones de imágenes coloniales. Una vez expulsados los jesuitas, en la segunda mitad del s. XVIII, muchos artesanos talladores de imágenes religiosas, llamados santo apoháva (los “hacedores de santos” o “santeros”), no sólo se diseminaron entre los pueblos provinciales, sino que, también, se acercaron a los monteses, aunque, luego de casi dos siglos de reducción, ya no pudieron readaptarse “a la vida de antes”. Este movimiento podría haber configurado una de las vías de influencia de las imágenes cristianas; pero la realmente efectiva fue la otra, la producida mediante el intercambio cultural entre los guaraní monteses y los pueblerinos o reducidos. La adopción de las imágenes figurativas, llamadas kagka en el guaraní tradicional y conocidas simplemente como ta’anga (“representación”, “imagen”) entre los indígenas mestizos, pudo prosperar en cuanto apoyada en ciertas prácticas propias de los guaraní, como la talla de los apyka, las banquetas ceremoniales y shamánicas talladas en madera de cedro. Desde las influencias coloniales, los asientos rituales –rigurosamente abstractos en sus orígenes- comenzaron a adquirir aspecto zoomorfo hasta, en muchos casos, configurar expresiones nuevas, independientes ya de las formas originales, que, sin embargo, siguen siendo producidas en forma paralela.
Ahora bien, los guaraní “monteses” incorporaron la figuración, pero no los códigos de la representación moderna. La sensibilidad esquemática y geometrizante de los indígenas forzó las figuras ajenas a un fuerte movimiento de ajuste formal: desde un depurado orden visual propio, aun las actuales esculturas zoomorfas producidas por los paī, los mbyá y, sobre todo, los avá, desconocen la concepción occidental del volumen y la proporción, privilegian los contornos y eliminan detalles y ornamentos.
Toda pretensión realista ha sido sacrificada en pos de un concepto esencial de la figura.
Para comprender mejor el desarrollo de la imaginería misionera y popular en el Paraguay, resulta importante recordar el ideal abstractizante de la estética guaraní, basado en la armonía y la proporción, la limpieza de la línea y la economía de la forma. Este mismo principio impulsó a los indígenas monteses y a los reducidos a esquematizar y resumir a lo esencial la forma de origen europeo. Los resultados fueron, obviamente, diferentes: los unos se encontraban libres de adaptar la imagen apropiada a sus propias categorías estéticas; los otros se hallaban forzados a imitarla, y sólo furtivamente, y no en todos los casos pudieron realizar recodificaciones interculturales. El arte popular termina reivindicando este principio que altera el de la representación occidental, aunque incorpore la figuración y se apropie de muchos sentidos suyos.
(1) “Los guaraníes veían en esta cruz un poder mágico, similar al que el shamán podía tener en su mano con la sonaja, la mbaraká, el instrumento musical
que, según la creencia antigua guaraní, contenía en su interior un aivú, un alma, aunque fuera la de un shamán ya muerto; de esta manera, los guaraníes
transfieren el sentido y el valor mágico del mbaraká con el aivú a la cruz que el jesuita trae en la mano, (interpretado) como un poder mágico y no como un
fundamento doctrinario”. Branislava Susnik, El Rol de los indígenas en la formación y en la vivencia del Paraguay, Tomo I, Instituto Paraguayo de Estudios
Nacionales, Asunción, 1982, pág. 162.

EL ESPACIO DE LAS REDUCCIONES
LOS OTROS CONQUISTADORES
Iniciada en el s. XVI, la conquista de los territorios que después pasarían a constituir el
Paraguay necesitó pronto el auxilio de los misioneros. La llamada “alianza hispano-guaraní”, basada en un sistema de reciprocidades y parentescos (unión de españoles con mujeres indígenas), no bastó para compensar los excesos de la explotación de los indígenas desarrollada principalmente mediante el régimen de las encomiendas (2). Las rebeliones de los guaraní, las violentas represiones y los enfrentamientos comenzaron a mermar en forma alarmante la población (la mano de obra) nativa y dificultar el dominio de las tierras. La expansión colonizadora requería, pues, otras estrategias basadas en transacciones y presiones ejercidas en el plano simbólico y, en general, en la negociación intercultural. Así, la llamada “conquista espiritual” no apelaba a la dominación violenta, aunque estuviera amparada por ella y la usara ocasionalmente, sino a principios de una autoridad construida hegemónicamente sobre la apropiación de ciertas figuras de la cultura tradicional guaraní y mediante un persuasivo sistema de manipulación de los liderazgos cacicales y la educación infantil, propuestas de concertaciones y juegos de amenazas, promesas, dádivas y efectos rituales (3). La “conquista espiritual” fue conquista en la doble acepción del término: la de ocupación forzosa y la de seducción.
En ese sentido, ciertos autores, como Haubert y Necker, sostienen que la legitimidad de los franciscanos y los jesuitas se basaba en una estrategia que los hacía aparecer como los protectores de los guaraní ante la opresión colonial y como los continuadores de sus héroes culturales, sus jefes y sus shamanes, cuyos poderes sobrenaturales detentaban (4). Por eso, una de las tareas más urgentes para los primeros misioneros, los franciscanos, constituyó la eliminación del poder de los shamanes históricos guaraní. Por otra parte, la organización económica misionera no alteraba radicalmente la guaraní precolonial, sino que reproducía en gran escala las relaciones económicas que unía a jefes indígenas con sus súbditos: relaciones basadas en la reciprocidad y la redistribución de los bienes y servicios (5).
Ahora bien, aunque la estrategia misionera haya incorporado o sustituido ciertas figuras
de la tradición guaraní, ciertamente lo hizo sobre el desmantelamiento de la matriz religiosa que las sustentaba. Los indígenas tenían conciencia de que las reducciones significaban el fin de un sistema de vida y de creencias, pero sabían asimismo que ellas constituían un mal menor en el violento escenario recién conquistado. La “conquista espiritual” fue eficaz sólo hasta cierto punto: logró indudablemente la sujeción de gran parte de los guaraní y aseguró el dominio colonial de sus fuerzas de trabajo y sus territorios; consiguió destruir una parte importante de la cultura tradicional y conservar algunas instituciones útiles para sostener el sistema colonial; pudo, en fin, bautizar, evangelizar y adoctrinar a los indígenas reducidos e instruirlos en el buen manejo de artes y oficios extranjeros, pero nunca pudo obtener la total identificación de ellos con la causa misionera ni, por lo tanto, extirpar un obstinado modo de ser diferente que continuó hasta el fin de los tiempos coloniales (6).
A mediados del s. XVIII, ya en ese escenario final, el jesuita Parras se lamenta del poco entusiasmo religioso de los indígenas reducidos: “a ellos jamás se les ve rezar un Ave María si no es en la iglesia, donde son muy puntuales; pero es por temor del castigo, porque cosa de devoción jamás he reconocido en ellos” (7). Y más adelante, siempre en tono disgustado, refiere que: “en sus privadas conversaciones, se reduce todo a mantener sus tradiciones y antigüedades, para que de padres a hijos vayan pasando…” (8).
El margen de irreductibilidad de la cultura indígena se expresaba no sólo en la indolencia religiosa y la furtiva continuidad de la tradición, sino en las constantes huidas de los pueblos misioneros, así como en formas solapadas de resistencia al trabajo y en el desgano y la torpeza en su ejecución, faltas que llevaban a considerar a los indígenas como naturalmente “propensos a la holgazanería”. Necker considera que el hecho de que los colonizadores, civiles y religiosos, “no consiguieron obtener la adhesión profunda de los Guaraníes al régimen colonial” se manifestaba en la resistencia, ahora pasiva, que los guaraní continuaron oponiendo a los españoles (9). Es decir, las rebeliones de la primera época habrían dado lugar a una nueva forma de indocilidad: la desidia en el cumplimiento de actividades con las cuales el indígena no se sentía identificado y que, por lo tanto, no le interesaban.
En ese contexto debe inscribirse la producción artística misionera. Por una parte, los indígenas perciben el boato eclesiástico, incluidos los templos, esculturas y pinturas, en registro de aura cultual tradicional, ajeno al mensaje cristiano, poderoso por el puro poder de la imagen (10). Por otra, ellos mismos esculpen y pintan con un entusiasmo que depende de las posibilidades de apropiación de las esculturas cristianas. La fuerza expresiva de las tallas misioneras varía según la convicción con que los santo apoháva las hayan asimilado a sus propios registros culturales, ya que los guaraní nunca terminaron de aceptar el horizonte de creencias que enmarcaba la producción de los modelos (11).
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(2) Amparada en una merced real, la encomienda, instituida ya a partir de 1556, consistía en una institución mediante la cual, en forma periódica y obligatoria, los conquistadores, y luego los colonizadores, disponían para su servicio de cierto número de familias con sus caciques. Como contrapartida, aquellos se encontraban obligados a proteger y promover la “civilización” de sus encomendados.
(3) V. Guillermo Wilde, “Poderes del ritual y rituales del poder: un análisis de las celebraciones en los pueblos jesuíticos de guaraníes”, en Revista española de
antropología americana, Nº 33, 2003, págs. 203-228.
(4) Maxime Haubert, La vida cotidiana de los indios y jesuitas en las misiones del Paraguay, Ed. Temas de Hoy, Madrid, 1991. Louis Necker, Indios guaraníes y chamanes franciscanos. Las primeras reducciones del Paraguay (1580-1800), Biblioteca Paraguaya de Antropología, Vol. 7, Centro de Estudios Antropológicos, Universidad Católica, Asunción, 1990.
(5) Necker, op. cit., págs. 193-195.
(6) Según Susnik, “el resultado de la aculturación cristiana era externo y nunca significaba una adaptación sicomental de los indígenas”, quienes “conocían la doctrina sólo pasivamente”. “El rol de la iglesia en la educación indígena colonial”, en Estudios Paraguayos, Vol. III, Nº 2, Asunción, 1975, pág. 154.
(7) Fray Pedro José de Parras, Diario y derrotero de sus viajes, Buenos Aires, 1943, pág. 171.
(8) Op. cit., pág. 173.
(9) Op. cit., pág. 190.
(10) Según Haubert, las pompas del culto católico eran consideradas por los indígenas como expresiones del poder shamánico de los Padres. En op. cit.
(11) Susnik estudia los factores del rechazo guaraní a la doctrina cristiana; factores que hicieron incompatibles el pensamiento guaraní con los postulados misioneros y “que, en gran parte, explican las revueltas y su resistencia socio-religiosa que se prolongó hasta 1848, con la disolución de los táva, y que se puede notar incluso aun hoy día”. En El rol de los indígenas... Tomo I, pág. 196.

REDUCCIONES
El sistema de concentración de indígenas en comunas separadas aparecía ya expuesto en las primeras Cédulas Reales y se encontraba reglamentado por el Consejo de Indias: los indígenas debían ser agrupados bajo la dirección seglar o religiosa para ser “civilizados y cristianizados”. Por eso, apenas iniciada la Conquista, se establecieron los primeros táva, pueblos/comunas basados en las figuras de trabajo colectivo, autosubsistencia mínima y periódica sujeción de los indios al servicio de la encomienda.
Aunque misioneros de otras órdenes llegaron a estos territorios, fueron los franciscanos, primero, y los jesuitas, bastante después, quienes se encargaron de aplicar la estrategia de la conquista espiritual. Lo hicieron, pues, inscriptos en el programa, llamado sin eufemismos, de las “reducciones”, sujetas a riguroso control y a procesos intensivos de evangelización.
Las reducciones misioneras continuaron, de esta manera, el modelo inicial de la Conquista, pero lo readaptaron tanto a sus fines de evangelización como, según queda referido, a ciertas características de las culturas locales en cuanto resultaren compatibles con tales fines y facilitaran su cumplimiento. Las misiones constituyeron, así, eficientes dispositivos de dominación política, centros económicos de producción y poderosas instituciones de conversión y adoctrinamiento religioso. Pero también constituyeron medios de protección contra los inhumanos excesos de la encomienda; es posible que los guaraní “reducidos” no hubieran logrado sobrevivir sin la defensa misionera, que fue mucho más enérgica por parte de los jesuitas. Los franciscanos se opusieron, ciertamente, a los abusos de la encomienda, pero, a diferencia de los jesuitas, no cuestionaban la vigencia misma de esa institución.
Necker sostiene que la actitud de los Frailes Menores (los franciscanos) ante el trabajo indígena forzoso tuvo dos aspectos; por un lado, hicieron grandes esfuerzos, por lo menos durante las primeras décadas, para limitar la sobreexplotación indígena; por otro,
“aceptaron y hasta defendieron las premisas de base de los colonizadores, según las cuales el peso del trabajo manual requerido por la agricultura, el comercio y la artesanía debía recaer principalmente sobre los indios, quienes podían… ser legítimamente obligados por la fuerza a cumplir este trabajo”. Esta actitud, afirma el autor, se oponía a la jesuítica, que intentaba sustraer completamente a los indios de las exigencias de la encomienda (“aunque es cierto”, aclara, “que los sometían a otras obligaciones coloniales”) (12). Habría que considerar que la oposición misionera a los desmanes coloniales respondía no sólo a indudables principios humanitarios, sino a razones de competencia en torno a una mano de obra que ellos también usufructuaban.
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(12) Necker, op. cit., págs. 141 y 142.

TALLERES
La “mano de obra” comprendía, ciertamente, el trabajo artesanal. En las reducciones
misioneras funcionaban talleres donde los indígenas eran instruidos en diversos oficios y artes; entre estas últimas figuraban: básicamente la escultura, la expresión más desarrollada en esta zona; ocasionalmente el grabado, y la pintura. Pero ni a los jesuitas ni a los franciscanos les interesó desarrollar la creatividad ni el talento expresivo de los indígenas.
Por una parte, es indudable que el sistema de trabajo en esos talleres se basaba en la imitación facsimilar de los modelos bajo severo control de los misioneros. Éstos asimilaban la producción de imágenes a los oficios mecánicos y valoraban su factura como pura destreza manual para la copia, despojada de cualquier veleidad estética e inventiva. De hecho, descalificaban cualquier posibilidad creativa de los indígenas: “Imitan como monos todo lo que ven”, decía Sepp (13), y Labbe: “no tienen estos indios genio inventivo; pero remedan toda obra que ven con admirable destreza” (14), y remata Furlong: “parecería que lo que les falta de juicio, lo ha suplido la naturaleza con su incomparable instinto de imitación” (15), etc.
Por otra parte, la producción de imágenes se encontraba destinada no a promover las destrezas expresivas del indígena, sino a acrecentar el esplendor de los templos para producir, a su vez, efectos estéticos que impresionasen al converso apelando a su sensibilidad (16). Dicha producción se encontraba pues destinada por objetivos político-religiosos más que por pretensiones artísticas: buscaba transmitir mejor los contenidos catequísticos. Ya se sabe que la apelación al impacto de las formas constituía un recurso para vincular los brillos del rito cristiano con el poder aurático de los cultos locales. En ese sentido, la apasionada visualidad barroca se prestaba bien como “vehículo de doctrina”, aunque la recepción de tal doctrina haya ocurrido siempre desplazada.
Pero la práctica de los talleres de escultura y pintura tenía además otras funciones: buscaba mantener activo al indígena y frenar, así, lo que los misioneros consideraban una innata tendencia a la pereza (17); y llegaron a hacerlo con tanto ímpetu que, según testimonios del padre Marimón, “no pocas veces, con el solo fin de evitar la ociosidad, se dejaba que los operarios se ocuparan de hacer cosas que después habrían de regalar o tirar” (18).
Por otra parte, esculpir tallas religiosas constituía un sucedáneo de la restringida alfabetización, puesto que la enseñanza de escritura y lectura habría estado reservada básicamente a una aristocracia indígena conformada por hijos de caciques, sacristanes, mayordomos y jefes de obras19. Por último, aunque la producción escultórica y pictórica se encontraba sujeta al régimen de propiedad común reduccional, y a pesar de que a los santo apoháva les estaba prohibido vender en forma particular sus obras (20), ellos trabajaban para proveer imágenes a personas extrañas a la reducción según arreglos privados o en el marco de los mandamientos (trabajo público obligado a ser cumplido paralelamente al de las encomiendas) (21). La confección de tallas y pinturas afectada a un mercado externo ocurría tanto en las misiones franciscanas como en las jesuíticas, aunque, con relación a éstas, Furlong se quejaba de la escasez de la demanda proveniente de extramuros (22). Según Durán, los talleres franciscanos también proveían imágenes a los conventos e iglesias de Asunción, cuyos retablos, en su mayoría, fueron realizados por los carpinteros y doradores de Itá (23).
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(13) Antonio Sepp, S.J., Continuación de las labores Apostólicas, Tomo III, Ediciones críticas de la obras de Sepp a cargo de Werner Hoffman, Eudeba, Buenos
Aires, 1973, pág. 270.
(14) En Guillermo Furlong, S.J., Misiones y sus pueblos de guaraníes, Buenos Aires, 1962, pág. 450.
(15) Guillermo Furlong, S.J., Antonio Sepp y su Gobierno Temporal (1732), Escritores Coloniales Rioplatenses, Edic. Theoría, Buenos Aires, 1972, pág. 28.
(16) Reconoce el Padre Sepp que “antes que nada, es necesario provocar entusiasmo en los incrédulos por medio de tales artificios, así como, por medio de la pompa aparente en las liturgias; despertar e inculcar en ellos una real predisposición íntima para la religión cristiana”. En Luis Augusto de Castro Neves, “El Barroco en el Mundo Guaraní”, en El Barroco en el Mundo Guaraní. Colección Latourrette Bo, Centro Cultural de la Embajada del Brasil, Asunción, 2004, pág. 8. Y Peramas sostiene que “Era extraordinario, en todo sentido, el esplendor del templo, lo cual contribuía sobremanera a elevar las mentes de los indios y los invitaba a asistir con más voluntad y respeto a los sagrados misterios”. José Manuel Peramas, S.J., La República de Platón y los guaraníes (1732-1793), Emecé edit., S.A.B.A., 1946, pág. 36.
(17) Los jesuitas se jactaban de haber suprimido, entre otras, tres nocivas instituciones de la cultura guaraní: la embriaguez (la exaltación ceremonial mediante la chicha), la poligamia y la holganza. “Para superar la borrachera implantaron el mate, para acabar con la poligamia hicieron que sus feligreses tuvieran un alto concepto del sacramento, y para eliminar la ociosidad crearon los más variados tipos de labor”. En Furlong, Misiones y sus pueblos…, op. cit., pág. 435.
(18) En Furlong, Misiones y sus pueblos..., op. cit. pág. 454.
(19) Castro Neves, op. cit., pág. 8.
(20) Branislava Susnik, El Indio colonial I, Asunción, 1965, págs. 152 y sgtes.
(21) V. Necker, op. cit., pág. 186.
(22) Furlong, op. cit., pág. 456.
(23) “En 1793 se comprometió Fray Tomás de Aquino a entregar hecho y colocado en el convento de los dominicos un retablo de San Vicente Ferrer por 100 pesos de plata”. Margarita Durán, Presencia franciscana en el Paraguay, (1538-1824), Universidad Católica de Asunción, 1987, pág. 118.
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Fuente: CATÁLOGO IMAGINERÍA RELIGIOSA
PUBLICADO CON EL APOYO DE
THE GETTY FOUNDATION.
CENTRO DE ARTES VISUALES/MUSEO DEL BARRO
ASUNCIÓN • PARAGUAY , 2008

viernes, 23 de julio de 2010

TICIO ESCOBAR - ARTE INDÍGENA: ZOZOBRAS, PESARES Y PERSPECTIVAS / Fuente: CATÁLOGO MUSEO DE ARTE INDÍGENA

ARTE INDÍGENA:
ZOZOBRAS, PESARES Y PERSPECTIVAS
Autor TICIO ESCOBAR.
(Enlace a datos biográficos y obras
En la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
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ARTE INDÍGENA:
ZOZOBRAS, PESARES Y PERSPECTIVAS

Forzado a circular a contramano en el curso de una historia ajena, el arte indígena presenta inconvenientes serios: problemas teóricos, por un lado; contrariedades en su desarrollo, por otro. Este artículo trata en forma breve tanto los conflictos que presenta el propio concepto de arte en cuanto aplicado al ámbito de lo indígena, como los que acarrean las diversas prácticas estéticas de las etnias cuando entran en situación de contacto o colisión con el modelo de mercado. Así, la primera parte considera las razones que justifican el empleo de un término conflictivo, como el de arte indígena. La segunda, esboza dos rápidos cuadros que buscan facilitar la comprensión de las diferentes maneras que tienen los pueblos de asumir el impacto de aquel modelo.
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Montaje museográfico MAI.
CAV/Museo del Barro.
Archivo DDI.
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I. UN CONCEPTO SOSPECHOSO
IMPUGNACIONES

A la hora de hablar de arte indígena, nos sale al paso una cuestión previa, fundamental, que parece impugnar la validez misma del término: ¿en qué sentido puede nombrarse lo artístico en relación a culturas en las cuales la belleza -la forma estética- no puede ser separada de los otros momentos que conforman el conjunto social? El concepto “arte” se refiere a objetos y prácticas que realzan sus formas para generar una interferencia en la significación inmediata de las cosas e intensificar, así, la experiencia del mundo. La operación artística añade un plus de sentido. Y trastorna, de este modo, la percepción ordinaria de la realidad para representar oscuros aspectos suyos, inalcanzables por otros caminos.
Como cualquier otra forma de arte, el arte indígena recurre al poder de la apariencia sensible, la belleza, para movilizar el sentido colectivo, trabajar en conjunto la memoria y anticipar porvenires. Pero, cuando se trata de otorgar el título de arte a estas operaciones, la teoría estética (occidental) interpone enseguida una objeción: en las culturas indígenas, el conjunto de imágenes que ella reconoce como arte no puede ser desmarcado de las otras dimensiones de la cultura: la política, la religión, la medicina, el derecho, la ciencia, etc.
En el interior de aquellas culturas ni siquiera pueden diferenciarse géneros artísticos: la representación escénica, las artes visuales, la literatura y la danza entremezclan sus formas en apretados tejidos simbólicos: complejas unidades significantes que no admiten secciones.
Esta confusión supone un mentís serio a la autonomía del arte, figura central de la Estética moderna, erigida abusivamente en paradigma de todo modelo de arte. Esta figura se funda en dos premisas claras: la separación entre forma y función y el predominio de la primera sobre la segunda. Apoyada en Kant, la Estética determina que son artísticos los fenómenos en los cuales la bella forma desplaza todo empleo que contamine su pureza con el interés de una utilidad cualquiera (los oficios del rito, las aplicaciones domésticas, los destinos políticos o económicos, etc.). Pero, aunque su cumplimiento constituya el requisito primero, la autonomía formal no basta para que una obra sea considerada artística. Hay otras exigencias demandadas por el sistema moderno del arte: la genialidad individual, la innovación, la originalidad y la unicidad: la obra debe ser creada EX NIHILO y provenir de un acto exclusivo y personal, irrepetible. Y debe significar una ruptura de la tradición en la cual se inscribe.
Ahora bien, tales características corresponden a notas particulares de un momento de la historia del arte, el relativo a la modernidad entendida en sentido amplio (siglos XVI al
XX), y no es aplicable a muchos modelos de arte, como el indígena, cuyas formas no son autónomas (dependen de finalidades religiosas, políticas y utilitarias), ni son producto de un acto creativo inaugural (surgen, más bien, como expresiones colectivas, aunque recojan la marca individual), ni aspiran a constituir una renovación radical (apelan continuamente a la tradición, aunque la reformulen siempre). Pero esto no ocurre sólo en relación con las culturas indígenas: toda la historia del arte no moderno carece de algunos de los requisitos que éste exige como canon universal a todo sistema que aspire a ser calificado de artístico (1).
Esta arbitraria pretensión (la de hacer del arte moderno occidental el paradigma universal de cualquier forma de arte) produce una paradoja en el centro mismo de la teoría estética. Por un lado, ésta sostiene que toda cultura humana alcanza su vértice en el arte, entendido en sentido amplio como producto de una tensión entre la forma (la apariencia sensible, la belleza) y el contenido (los significados sociales, las verdades en juego, las señales esquivas de lo real). Según esta definición, el arte es patrimonio de toda colectividad capaz de crear imágenes intensas mediante las cuales aquélla busca interpretar su historia y reimaginar su derrotero. Pero, por otro lado, el sistema teórico del arte olvida pronto esta definición (o esencializa sus términos volviéndolos principios abstractos) y sólo reconoce como legítimamente artísticas aquellas obras que llenen las exigencias del formulario moderno.
Este sistema introduce una dicotomía entre los dominios exclusivos del gran arte -soberano, desdeñosamente separado- y el prosaico circuito de las artes menores, constituido por manufacturas artesanales (o hechos de folclore o de “cultura material”) que integran el cuerpo social confundidos con diversas finalidades suyas, instrumentales siempre. La distinción entre el arte superior –que idealiza la forma borrando las huellas de su producción- y las artesanías -que exhiben sus empleos y recalcan la destreza manual del artífice y la materialidad de su confección- escinde radicalmente el mapa de las prácticas estéticas. Allá, el artista genial, cuyas obras circulan en bienales, galerías y museos de arte; acá, el industrioso artesano, cuyas hechuras se ofrecen en los mercados, las ferias y los museos de historia, arqueología o etnografía, cuando no de ciencias.
(1) En este punto se advierte claramente la paradoja que instala la manipulación ideológica del término arte. Para legitimar la tradición hegemónica ilustrada, la historia oficial no tiene problemas en aplicar el término arte a productos de culturas ajenas que confirmen sus valores o coincidan con sus políticas de representación. Esto ocurre aunque tales productos sean anteriores al concepto moderno de arte y carezcan, obviamente, de sus notas. Nadie vacilaría, en efecto, en hablar de arte chino, griego, egipcio o románico, aunque las expresiones designadas con esos nombres no absolutizan la forma, ni esencializan la creación, ni idealizan el papel del artista.
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Escultura zoomorfa avá en madera.
Procede de Acaraymí, c. 1990.
Foto: Susana Salerno y Julio Salvatierra.
Archivo DDI.

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DEFENSAS
Ante los escollos que presenta la Estética moderna, podría concluirse que, como lo concerniente a cualquier término, lo relativo al término arte depende de convenciones arbitrarias y se encuentra sujeto al vaivén antojadizo que fraguan las palabras. Sin embargo, en este caso, como en otros, los valores políticos, éticos y culturales que se encuentran en juego, justifican que sean desenmascarados ciertos dispositivos ideológicos que fuerzan el lenguaje y desvían el sentido de los nombres. Por eso, este artículo defiende el uso del vocablo ARTE INDÍGENA. Al hacerlo, no sólo busca ensanchar el panorama de las artes contemporáneas, embretado por una visión demasiado estrecha de lo artístico, sino alegar en pro de la diferencia cultural: reconocer modelos de arte alternativos a los del occidental y refutar el prejuicio colonialista de que existen formas culturales superiores e inferiores, merecedoras o indignas de ser consideradas expresiones genuinas, excepcionales.
En consideración a estos supuestos, se argumentará en pro del término “arte indígena” mediante dos alegatos.
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LOS BORROSOS LUGARES DEL ARTE
El primero de ellos se basa en la recuperación del concepto tradicional de arte basado no en el desplazamiento de las prosaicas utilidades por las puras formas, sino en la tensión entre éstas y los contenidos. (Una tensión insoluble, cuya indecidibilidad adquiere un valor significativo en la comprensión del arte contemporáneo). Los hombres y las mujeres de diversos pueblos indígenas trabajan la belleza no como un valor en sí, sino como un refuerzo de diversas funciones extraartísticas. La fruición estética constituye una experiencia intensa, pero no autosuficiente: marca una inflexión en un proceso más amplio dirigido a movilizar complejos significados sociales, a rastrear el curso oscuro de verdades esenciales.Ahora bien, la ausencia de autonomía estética no significa privación de lo estético. Aun sumergida en la materia espesa del cuerpo social, la belleza actúa furtivamente apurando desde adentro el cumplimiento de contenidos económicos, religiosos o políticos ubicados mucho más allá del círculo de la forma. Lo estético conforma una dimensión potente, pero contaminada con banales funciones utilitarias o graves fines culturales, oscurecida en sus contornos, que nunca coinciden con los perfiles de una idea a priori de lo artístico. Los colores más intensos, los diseños más exactos y las más sugerentes texturas e inquietantes composiciones operan más allá de la lógica de la armonía y de la sensibilidad: recalcan a través de la representación aspectos fundamentales del quehacer social y despiertan las energías latentes de las cosas forzándolas a revelar sus vínculos con lo extraordinario.Pero lo estético tiene otro límite. No sólo no alcanza plena autonomía, sino que a veces es reforzado, o aun reemplazado, por otros dispositivos que producen el extrañamiento del arte sin pasar por la bella forma. Este recurso, especialmente notorio en las culturas indígenas, no es privativo de ellas: constituye un expediente propio del arte en general. La escena del ritual, ámbito cardinal del arte indígena, constituye un buen ejemplo de la concurrencia de trámites diversos en el hacer del arte.Esa escena se encuentra contorneada mediante fronteras tajantes. Al ingresar en ella, las personas y las cosas cruzan un tiempo distinto y quedan investidas de excepcionalidad: expuestas ante la mirada, unas y otras se desdoblan entre su presencia ordinaria y la ausencia de lo que está más allá de sí y de lo cual ellas constituyen indicios. Los oficiantes devienen dioses; las cosas comunes, elementos consagrados. Ambos quedan provistos de un excedente de significación que los aleja de su propia apariencia y los vuelve radiantes y extraños. Quedan auratizados. Es evidente que la belleza constituye un medio privilegiado para encender las cosas y los cuerpos y cargarlos de inquietud y sorpresa: los atuendos plumarios, la pintura corporal, la música y la coreografía, realzan la apariencia de los actores y los utensilios rituales, los inscriben en el circuito del deseo y la mirada. Pero hay otro camino para auratizar lo que ingresa en la escena; es la vía del concepto: estos objetos y personajes se vuelven únicos e inquietantes en cuanto se los sabe emplazados dentro del círculo que se abre en medio del mundo cotidiano. Independientemente de sus valores expresivos y formales, ellos se han vuelto distintos, distantes: especiales (2). Ubicados en la escena ceremonial, la maraca del shamán, los bastones de ritmo, los ásperos tejidos de caraguatá y los cuerpos sudados, adquieren, aun en plena oscuridad y en silencio total a veces, la energía de una pulsión que trastorna sus sentidos originales.En el arte indígena, como en el contemporáneo, los límites entre lo que es y no es arte se vuelven borrosos, indecidibles. Dependen de posiciones de enunciación, de localizaciones pragmáticas: ya no existe un concepto a priori de lo artístico, cuyos contornos se encuentran entreabiertos siempre y sus notas dependen de valoraciones, de circunstancias, de puestos y estrategias.
(2) Esto ocurre con claridad también en el arte contemporáneo: fuera de la escena de la galería o el museo, ciertos objetos banales (el urinario de Duchamp) carecen de brillo y de magia; dentro, se cargan de energías que los impulsan hacia otros registros significantes. Nada ha cambiado en su forma, sólo su ubicación los ha transmutado.
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LOS POETAS DIFERENTES
El segundo alegato que aboga en pro del término “arte indígena” apela a argumentos políticos, ya citados. El reconocimiento de un arte diferente ayuda a discutir el pensamiento etnocéntrico y discriminatorio según el cual sólo las formas dominantes pueden alcanzar ciertas cumbres superiores del espíritu, rúbrica de la tradición ilustrada. Esta crítica puede apoyar no sólo la demanda de los territorios físicos, sino la reivindicación de sus jurisdicciones simbólicas: la autodeterminación de los pueblos indígenas requiere el respeto de los particulares sistemas de sensibilidad, imaginación y creatividad (sistemas artísticos) desde los cuales ellos refuerzan su autoestima, cohesionan sus instituciones y renuevan la vocación comunitaria.
Defender la existencia de formas alternativas de arte puede, por último, promover otras miradas sobre hombres y mujeres que, cuando no son despreciados, sólo son considerados, desde la compasión o la solidaridad, como sujetos de explotación y miseria. Reconocer entre ellos a artistas, poetas y sabios obliga a estimarlos como figuras notables, sujetos complejos y refinados, capaces no sólo de profundizar en clave retórica su comprensión del mundo, sino de aportar soluciones e imágenes nuevas al menguado patrimonio del arte universal.
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Dibujo nivaklé recolectado por
Miguel Chase Sardi.
CAV/Museo del Barro.

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II. LAS NOTAS DEL ARTE
LO PROPIO Y LO AJENO
Los expedientes básicos del arte indígena se organizan en torno a dos matrices primordiales.
La primera comprende los mitos -que fundamentan las certezas de la comunidad y sostienen el armazón de sentido colectivo- y los rituales shamánicos, religiosos y sociales -que, al escenificar el origen y el diagrama de lo social, lo vinculan con el deseo y la memoria y permiten conservarlo, reinterpretarlo e impugnarlo mejor-. Las formas del arte comprometidas con tan importantes funciones son reconocidas como parámetros de autoidentificación tribal y tienen como soporte primero el propio cuerpo humano: las pinturas corporales, el tatuaje y el arte plumario, por un lado; la representación actoral y la danza, por otro. Dada la jerarquía de estas figuras, ellas se encuentran provistas de fuerte energía expresiva y seguridad formal y actúan como las fuentes principales de donde otras manifestaciones extraen patrones y significados.
La segunda se refiere a la producción económica que constituye otro vigoroso núcleo fundador de creación artística; por ejemplo, la cestería, entre los guaraní, y los tejidos en caraguatá entre los chaqueños. En cuanto mejor se vinculan con la subsistencia comunitaria, más se arraigan estos objetos en el fondo oscuro de los imaginarios colectivos. Y más se vinculan con la narrativa mítica y la escena ritual y requieren diseños ajustados, certeras soluciones espaciales y fuerza significativa.
Tanto las formas nutridas de, o generadas en, el espacio mítico ritual, como las relacionadas con las prácticas subsistenciales asumidas como propias -y característicasde la comunidad, pertenecen al acervo más íntimo de la comunidad y constituyen una valiosa matriz de identificación social. Por eso, estas figuras primeras tienden a ser más persistentes. Aunque no existe ninguna forma inmutable y aunque hasta los resortes más íntimos de significación están expuestos a cambios, las sociedades protegen con celo las imágenes y los discursos que las expresan, sostienen y dinamizan. Pueden transformarse las técnicas de la pintura corporal o la factura de los utensilios básicos, pueden enriquecerse o abreviarse las coreografías rituales y alterarse el guión del ceremonial, pero la clave última, la que no se muestra, es sustraída como una reserva básica de sentido: como el enigma radical, el reducto de la diferencia. Incluso las culturas étnica del Chaco, cuyo ethos de cazadores-recolectores los vuelve más permeables a las innovaciones y abiertas a procesos transculturales diversos, custodian obstinadamente ciertas zonas densas de significación sustrayéndolas en lo posible de los embates neocoloniales. Más allá de este centro amurallado, crecen las formas periféricas, conectadas subterráneamente con las centrales, pero provistas de articulaciones más flexibles que las abren a las novedades técnicas y expresivas acercadas por otras etnias o por las vecinas culturas de campesinos, misioneros, comerciantes, estancieros o militares. En cuanto no comprometen los pilares que soportan la arquitectura simbólica, estas formas periféricas se exponen más libremente a juegos de apropiaciones, sustituciones y cambios.
El arte de abalorios -basado en los cristales europeos traídos desde los primeros tiempos coloniales-, la espléndida decoración de las cerámicas chiriguano y caduveo, los motivos figurativos de los tejidos de lana chaqueños, la talla zoomorfa de casi todos los pueblos indígenas, la cestería ishir-chamacoco o los dibujos nivaklé, constituyen ejemplos de complejos y fecundos procesos de hibridación que dinamizan el curso de las culturas. Y lo hacen proveyéndolas de nuevos recursos aptos para enfrentar los desafíos difíciles que plantean modelos económicos invasivos.

LAS ESCENAS DEL CAMBIO
La tensión entre formas centrales y periféricas, presentada acá en forma tajante para su mejor exposición, remite a dos escenarios donde ubicar las cuestiones relativas al cambio en el arte indígena. El primero tiene que ver con las modalidades básicas del conflicto cultural creado por la acción de procesos coloniales y neocoloniales; el segundo, con las diferencias culturales propias de los pueblos indígenas: la manera de responder a aquellos desafíos depende de temperamentos particulares de los grupos: a sensibilidades propias y talantes expresivos específicos que se traducen, a su vez, en complejos artísticos diferentes.

HISTORIAS DE PUEBLOS Y DE ESTILOS
El impacto que produce el modelo capitalista de mercado sobre las culturas tradicionales depende en sus características y resultados de las particularidades étnicas de los diversos pueblos indígenas. Debe considerarse la diferencia que existe en los pueblos cazadores-recolectores (básicamente instalados en el Chaco) y los agricultores, que corresponden esencialmente a los guaraní (3).
Los primeros, condicionados por el dinamismo de un tránsito constante y la inmediatez en la obtención de los productos, tienden a desarrollar sistemas culturales más flexibles, permeables a la incorporación de aportes transculturales. Los guaraní, aun constituidos por pueblos itinerantes, se encuentran vinculados con territorios estables y sujetos al tiempo diferido de las cosechas. Esta situación, unida a complejos factores socioculturales, condiciona un régimen simbólico más conservador y desmarca con gravedad lo propio de lo foráneo.
Sobre esta distinción, que no indica más que tendencias, cabe diferenciar temperamentos expresivos que se traducen en estilos particulares del arte indígena. Nuevamente estamos hablando de condicionamientos y propensiones: ninguna explicación es suficiente en el plano de la producción estética. Y, conscientes de su limitación, estamos empleando categorías extrañas a las culturas indígenas: buscando exponer mejor ciertos conceptos, recurrimos arbitrariamente a denominaciones propias de la historia del arte universal, cuya extrapolación, si bien forzada, puede aportar referencias en un terreno baldío, omitido por esa historia.
(3) Esta oposición debe ser tomada sólo a título de referencia amplia. Por una parte, no sólo porque existen grupos pertenecientes a la familia lingüística guaraní que viven en el Chaco (chiriguano) o desarrollan economías basadas en la caza y la recolección (aché), sino porque los propios guaraní también practican la caza y la recolección. Por otra, y sobre todo, porque la hegemonía de los modelos capitalistas altera dramáticamente los módulos tradicionales de subsistencia: gran parte de los pueblos chaqueños, por ejemplo, debe complementar o sustituir sus prácticas de caza y recolección con actividades de pequeña agricultura y diversas labores de jornaleros. La ausencia de correctas políticas indigenistas provenientes del Estado hace que, quebradas sus bases socioculturales, indígenas de todas las etnias, abandonados a su (mala) suerte, ni siquiera pueden acceder a estas alternativas y terminan dependiendo de los sistemas más extremos de marginación social.

LAS OSCILACIONES DEL GUSTO GUARANÍ
Los pueblos guaraní orientales (los paī tavyterā, avá y mbyá) promueven valores estéticos basados en la proporción y el ritmo, la armonía y la síntesis. Por equiparación, podría hablarse de una sensibilidad clásica: sus motivos decorativos responden a planteamientos y soluciones sucintos, sus diseños son nítidos y sus formas, equilibradas. Estas notas habían colocado el arte guaraní en las antípodas del impuesto por los misioneros, especialmente los jesuitas, cuyos exuberantes modelos barrocos significaban el extremo más opuesto del lacónico ideal guaraní. El arte plumario, emplea pequeños manojos llamados “flores” (poty) cuya gama, escuetamente amarillo-rojiza, se relaciona con la fructificación del maíz, la luz solar y el fuego de las rozas; las túnicas ceremoniales de algodón, conservadas hoy solamente por los paī , son siempre blancas y carecen de todo ornato; la pintura facial se reduce a signos mínimos, rojos (paī) o negros (mbyá). Este rigor formal también se expresa en la manufactura de utensilios. La decoración de la cestería desarrolla una geometría estricta, hiperformalizada; sus cuerpos -así como los de la cerámica, hoy desaparecida- adquieren contornos exactos y tajantes. La economía visual guaraní se mantiene en las expresiones nuevas: las esculturas zoomorfas realizadas en madera de cedro revelan, emplean líneas claras y composiciones depuradas, limpias de cualquier superfluo motivo ornamental.
Los guaraní emigrados al Chaco desde los primeros tiempos coloniales, o quizá un poco antes, son conocidos comúnmente como chiriguano o guarayo, aunque ellos se autodenominan avá o mbyá. La constante itinerancia que supone un movimiento migratorio tan importante, ocurrido a lo largo de mucho tiempo, así como los condicionamientos medioambientales radicalmente diferentes a los de la Región Oriental, promovieron esfuerzos dramáticos de adaptación para adecuar los conservadores principios de la identidad guaraní a los requerimientos cambiantes de una historia complicada. La gran ceremonia anual de los chiriguano, llamada arete guasu, expresa bien la forzosa elasticidad que hubo de adquirir la severa cultura guaraní: conserva la memoria del rito tradicional, pero lo hace desde una escena promiscua, aunque bien ajustada, que incorpora máscaras de origen chané-arawak, capirotes católicos coloniales, música andina y campesina paraguaya y disfraces provenientes del modelo del carnaval criollo, al que se acopla sin culpas. La alfarería de los chiriguano, hoy sólo realizada del lado boliviano, también constituye un ejemplo de hibridez transcultural bien manejada por el grupo: sus formas derivan de la inquietante cerámica guaraní (empleada tanto para usos culinarios como para los ritos de la chicha, el entierro y la antropofagia), pero adquieren pronto una soltura impensable en aquella: formas diversas y profusa decoración basadas en motivos coloniales, chaqueños y subandinos.
Los aché se encuentran emparentados lingüísticamente con los guaraní, pero los rasgos
expresivos de su cultura nada tienen que ver con los de aquéllos. De entrada, su economía de cazadores-recolectores marca una diferencia considerable y señala la existencia de registros visuales ajenos entre sí: por un lado, la estética seca y arisca, agresiva casi siempre, de los unos; por otro, la sensibilidad mesurada y sutil de los otros; ambas se cruzan sólo en su austeridad. Los aché han erradicado todo color de un mundo construido sólo con los tonos crudos de los elementos de origen natural y vegetal que utilizan; sus tejidos son ríspidos; sus adornos, erizados de colmillos salvajes; su cerámica, sombría y rotunda; sus pinturas corporales, amenazantes, oscurísimas. Son los únicos indígenas que no emplean tintes para colorear sus cuerpos y sus productos, pero también son los únicos que desprecian la gala de las plumas: sólo recurren a ellas con un sentido meramente instrumental, para confeccionar las bases de sus flechas o pegar plumones al cuerpo en ciertas prácticas mágico-terapéuticas. Pero este mundo áspero y huraño guarda una vena poética intensa: no sólo alcanzan sus expresiones una belleza dura e intensa, sino que sus cánticos-poemas transmiten una delicada calma y, aun, un lirismo inesperado que contrarresta la rudeza de las imágenes.
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Potayé. Cubrenuca de fustes ayoreo.
Procede de Campo Loro. C. 1986.
CAV/Museo del Barro.
Foto: Susana Salerno y Julio Salvatierra.
Archivo DDI.

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LAS DIFERENCIAS DEL CHACO
Desde el punto de vista de sus talantes estéticos, los pueblos cazadores-recolectores del Chaco pueden ser clasificados hoy en dos grupos básicos: los llaneros y los silvícolas. Sin embargo, una mirada histórica estricta exigiría incluir un tercer grupo: el de los caballeros y canoeros pertenecientes a la familia lingüística guaikurú. Comencemos por éstos, que constituyen una situación especial.
Los casos más interesantes de la estética guaikurú -grupo indígena del cual sobreviven
en territorio paraguayo sólo los toba-qom (4)- se encuentran entre los payaguá y los mbayá, temibles jinetes éstos; aquéllos, expertos navegantes del río Paraguay; agresivos saqueadores ambos, cuyos asaltos a los pueblos guaraní y criollos y a las embarcaciones, en el caso de los piratas payaguá, alcanzaron durante la Colonia estatuto de leyenda. Resultan especialmente notables los suntuosos motivos ornamentales de la cerámica y la pintura corporal de los mbayá caduveo, que combinan libremente retorcidos motivos barrocos de origen colonial con la esquemática geometría de influencia subandina acercada por sus vasallas guaná-chané. Esta exuberancia visual se vincula con la flexibilidad del mundo de los cazadores-recolectores, dinamizado, a su vez, por la movilidad ecuestre -practicada desde los primeros tiempos coloniales- y marcado por un aristocrático y exaltado sentido de ostentación etnocéntrica.
Los payaguá, conocidos hasta fines del s. XVIII como “los altivos señores del Río Paraguay” eran eficientes canoeros y astutos comerciantes que, amenazados en su sobrevivencia a fines de la Colonia, terminaron negociando con los criollos de Asunción. En la periferia de esta ciudad desarrollaron una extraña cerámica de grandes formas que recapitulan las coloniales y las guaraní. La estética de los toba-qom se halla asimilada a las pautas de los chaqueños llaneros, comentadas a continuación.
Pertenecientes a las familias lingüísticas mataco y maskoy, los pobladores de los grandes llanos del Chaco desarrollan formas fluidas y armoniosas, enriquecidas con influencias andinas y relacionadas quizá con la itinerancia continua, el panorama extenso y plano y el horizonte abierto, lejano siempre. El esteticismo ágil, casi liviano, de estos grupos se expresa bien en el particular refinamiento con que combinan los tonos -tanto en el elegante contraste entre los colores blancos de las plumas y los rojos de la lana teñida- como en las caprichosas oposiciones cromáticas de los abalorios. Los diseños de los tejidos de lana y caraguatá desarrollan un esquema geométrico básico, interferido por juegos imprevistos y transgresiones de su propia lógica. El minucioso pulido de las tallas en madera, especialmente las nivaklé, les otorga un aspecto sensual y delicado, diferente al de las severas esculturas guaraní y las contundentes figuras ishir.
Los zamuco (ishir y ayoreo) pueblan las regiones selváticas del Norte chaqueño. Sus expresiones estéticas -condicionadas por este hábitat diferente al resto del Chaco, las influencias de los pueblos chiquitanos y su carácter extrovertido e impetuoso- se encuentran cargadas de un dramatismo que, prosiguiendo con el arbitrio de usurpar nombres de la historia del arte occidental, configura un estilo calificable de expresionista o romántico, de barroco a veces.
Las técnicas, los materiales y las soluciones formales del arte ishir y ayoreo se desmarcan con nitidez de los de otros grupos chaqueños, muchas de cuyas figuras más características aquéllos desconocen (tejidos de lana, tapones auriculares, abalorios, tatuajes, etc.), aunque compartan otras (como los tejidos con fibras de caraguatá). El arte plumario de los zamuco es desmedido: mezcla colores y tipos de plumas que ningún otro grupo indígena combina y lo hace de manera profusa y desenfadada. Su vigorosa pintura corporal se basa en la tensión entre los tonos negros y rojos, mediados por el blanco a veces, y desarrolla, especialmente entre los ishir, una iconografía exuberante, ilimitada en sus motivos. Estos densos elementos constituyen un cuerpo visual vigoroso y radiante, un universo único sobre cuyas imágenes, como sobre las de todos los otros grupos, pende una amenaza fatal, conjurable quizá por las nuevas formas que crea el obstinado afán de supervivencia.
(4) El exterminio payaguá comenzó durante la Guerra de la Triple Alianza, a fines del s. XIX; la última mujer de ese pueblo murió en la década de 1940. Los mbayá emigraron de territorio paraguayo y se encuentran establecidos en la zona de Corumbá, Brasil.

TRES FIGURAS CONFLICTIVAS
La expansión avasallante de la modernidad hegemónica sobre todas estas culturas tradicionales tiene consecuencias y alcances diversos, que podrían ser expuestos resumidamente mediante tres casos. El primero expresa la destrucción de tales culturas o, por lo menos, la de momentos importantes suyos. Comenzó con la Conquista europea de América sobre las poblaciones aborígenes originales que, sometidas por la acción cruzada de fuerzas militares y misiones religiosas, fueron arrasadas en sus signos propios y obligadas a adoptar los coloniales. El complejo mítico-religioso-ceremonial vertebra el eje de formaciones estéticas, políticas, económicas y jurídicas; desmantelado él, zozobran las instituciones y entran en crisis las referencias de la identidad social y los impulsos de la cohesión social. Una vez desmontado ese denso complejo simbólico, resultó fácil erradicar las otras formas: el arte plumario, la cerámica, la pintura corporal y muchas otras manifestaciones ya no tuvieron demasiado sentido en el espacio extraño que abrieron los misioneros.
En medio de las ruinas de la cultura vencida, éstos impusieron sus propios modelos de arte; formas barrocas cuya profusión y vehemencia ocurrían en el otro extremo del mundo visual guaraní, escueto y mesurado. En muchos casos, estos extremos llegaron a acuerdos y negociaciones (el llamado arte barroco guaraní), pero el conflicto entre el exceso barroco y la armonía del arte guaraní nunca pudo conciliarse.
El etnocidio histórico de la Conquista continuó luego de la Independencia, cruzó todo el siglo XIX y persiste hasta hoy: encubiertamente en ciertas prácticas discriminatorias e intolerantes de las sociedades nacionales y ciertas misiones religiosas, y desembozadamente en otras (como la Misión A Nuevas Tribus), cuyos compulsivos métodos evangelizadores se basan en la demolición de toda creencia diferente, considerada hereje y bárbara. En pocos años, varias comunidades han sido presa de fulminantes prácticas etnocidas, que se complementan con brutales procesos de genocidio y ecocidio. Este programa se apoyó y se apoya, en el saqueo o la ocupación de los territorios étnicos y, en muchos casos, en la reducción de los indígenas, principalmente chaqueños, en misiones religiosas donde los adiestraron para servir de mano de obra barata a los colonos y militares, así como a los habitantes de poblaciones cercanas. Este escenario no resulta propicio para el arte; aunque ciertas formas reaparecen desde el fondo de una memoria quebrada o en pos de deseos nuevos, muchas otras han pasado a formar parte del registro arqueológico o han sido simplemente olvidadas.
El segundo caso se refiere al resguardo de las imágenes propias y comprende desde las situaciones históricas de rebeliones y de resistencia activa para proteger el territorio, los sistemas propios de vida y la autonomía política, hasta las disputas en torno a la conservación y el sentido de formas particulares de arte. Diferentes pueblos indígenas desarrollan dramáticas acciones de defensa de sus creencias y usos. Mediante ellas, conservan hasta hoy matrices propias de significación, núcleos duros, inflexibles ante el asedio colonial, aunque coexistentes con otras formas con las que, según se verá en el próximo punto, negocian su sobrevivencia y se adaptan a las condiciones nuevas. Muchos rituales, como el jeroky ñembo’e de los avá, el kunumi pepy de los paī, el arete guasu de los chiriguano, el debylyby de los ishir, entre otros, mantienen con pasión la vigencia de su curso original, a pesar de que deben ser continuamente readaptados a condiciones nuevas, apremiantes siempre. Esta continuidad asegura la vigencia de potentes expresiones visuales vinculadas con la ceremonia: pinturas corporales y arte plumario, básicamente. También se conservan diseños, técnicas y motivos de utensilios básicos ligados a la producción económica; por ejemplo, la cestería mbyá y aché, así como los tejidos de caraguatá nivaklé o ayoreo, siguen desarrollando básicamente sus mismos patrones de origen precolonial aunque deban siempre negociar sus alcances.
La última situación generada por el choque intercultural incluye los cambios, sustituciones y apropiaciones que, forzadas o seducidas, realizan las culturas indígenas al incorporar imágenes, soluciones, funciones o procedimientos occidentales. Estos casos afirman el derecho, y la necesidad, que tienen las diversas culturas a adoptar medidas adaptativas, indispensables para afrontar los retos que plantean las situaciones nuevas. Considerar que las formas del arte indígena se encuentran obligadas a permanecer siempre intactas e idénticas a sí mismas supone aceptar el criterio etnocéntrico que discrimina entre el derecho al cambio continuo que tendrían las culturas ilustradas y el congelamiento en el pasado que distinguiría las indígenas.
El arte indígena se encuentra ante el reto ineludible de asumir el peso casi insoportable del modelo adverso que se le ha venido encima. Para hacerlo, no tiene otra salida que reajustar muchos de sus códigos, patrones estilísticos, procedimientos, y aun sensibilidades, a los imperativos del régimen de mercado. Pero el peligro no radica en el cambio en sí, sino en la imposición del cambio. Si la comunidad logra mantener principios de autogestión desde los cuales decidir cuáles innovaciones le convienen y cuáles no, conservará sus posibilidades de producir imágenes capaces de corroborar las referencias identitarias, hacer recordar el relato primario y convocar, oscuramente, las huidizas señales del tiempo entero.

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Fuente:
CATÁLOGO MUSEO DE ARTE INDÍGENA
PUBLICADO CON EL APOYO DE:
THE GETTY FOUNDATION
CENTRO DE ARTES VISUALES/
MUSEO DEL BARRO
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Asunción-Paraguay - 2008
Catálogo Museo de Arte Indígena
© Centro de Artes Visuales/Museo del Barro y los autores
Director del Centro de Artes Visuales: Carlos Colombino
Director del Museo del Barro: Osvaldo Salerno
Director del Museo de Arte Indígena: Ticio Escobar
Calle Grabadores del Cabichuí entre Emeterio Miranda y Cañada
Asunción, Paraguay
Telefax: 595.21. 607.996 (Para adquirir el material)
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