Recomendados

Mostrando entradas con la etiqueta MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de marzo de 2010

CONCEPCIÓN LEYEZ DE CHAVES - KAÁ y ÑANDUTÍ / Fuente: RÍO LUNADO - MITOS Y COSTUMBRES DEL PARAGUAY

(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
.
KAÁ

** Kaá nació en la ribera del Apa, allí donde este río arrastra sus aguas por un álveo de cuarzo y mica resplandecientes. Uno de sus primos le dijo un día que en su cuerpo se amalgamó todo cuanto de bello y apetecible esparció la naturaleza en las cordilleras lontanas, en los valles próximos, en la pedregosa cuenca y en la dorada arena del río. Ella fue a mirarse en el espejo azul del agua, y admitió que su primo le había dicho la verdad. Le agradaba caminar por los acantilados, trepar a los árboles más altos y escudriñar el horizonte. Sin más compañía que la de un pájaro extraño, frecuentaba los lugares más abruptos, recogía cantos rodados y corolas irisadas; se recostaba en los bloques micáceos recalentados por el sol; tejía profusas guirnaldas y volvía a su casa adornada de flores.
** Esa tarde, después de un largo paseo, Kaá llegó hasta el río. Sentóse en un trozo de cuarzo violáceo y se puso a jugar con el agua y la arena rica en pepitas áureas. De pronto se irguió, sobresaltada por el graznido del ave que hacía de centinela en la ribera. Oteó ambas orillas y, como no descubriera nada extraordinario, volvió a sus juegos. Sin embargo, alguien se hallaba de pie sobre el muro micáceo, oculto en el follaje, turbado por deseos invencibles, que le venían del cielo, del agua, del fondo de su juventud sin historia, en lucha siempre con el deber y los ensueños. Cuando se aproximó la noche, Kaá regresó a su casa; en el camino se cruzó con un joven cenceño, de mirar ardiente. El pájaro graznó al verlo, incapaz de comunicar a su dueña que ese mozo era el mismo que estuvo en el acantilado, absorto ante la hermosura de ella. La muchacha se detuvo a mirarlo de atrás, a sabiendas de que esto es de mal agüero; pero no podía resistir al encanto de aquella figura casi luminosa, que iba apagándose en los vericuetos del sendero ya sumido en la noche.
** Por primera vez las andanzas del día no le proporcionaron a Kaá el tranquilo sueño habitual. Pasó la noche de cara a las estrellas, abriendo los ojos a cada instante, porque le parecía que un rostro enjuto se inclinaba sobre ella y le quemaba con su aliento.
** Temprano la despertó el sonido de una voz desconocida. El joven con quien el día antes se cruzara en el sendero, se hallaba ahí, en conversación con su padre. Pronto supo que era un sacerdote de los mbiá, que traspuso las montañas limítrofes, atraído por la fama de los metales y piedras preciosas que rutilaban en las cuencas del río. Traía un séquito numeroso, y los hallazgos serían destinados al templo de Mbaéverá guasú, denominado así por el brillo deslumbrador de sus riquezas. Kaá sintió que se le encogía el corazón. Los mbiá preferían la muerte antes que unirse a individuos de otras tribus, porque se creían de prosapia inigualada. Este prejuicio era particularmente insalvable para los a varé, sacerdotes formados en el dominio de los impulsos y en el endurecimiento físico, a fuerza de ayunos, mortificaciones y otras prácticas de ascetismo. No obstante Kaá se enamoró del avaré, a quien el amor no le era permitido.
** Día y noche erró por la selva tórrida, por las riberas rocallosas, por los imperceptibles senderos, buscando al joven magro, de ojos ardientes y fresca sonrisa, que llevaba una vincha de piel de onza prendida sobre la frente con una placa de cuaré potí yú. Apenas lo divisaba corría a su encuentro, pero lo encontraba tan indiferente y tan callado que, cohibida, huía de él a ocultar su desesperanza. Cuando supo que el sacerdote regresaba esa noche a Mbaéverá-guasú, Kaá conoció el más terrible dolor de su vida. Antes de quedar eternamente con un sueño de amor estéril, resolvió hablar con el forastero. Cansada de buscarlo inútilmente, tomó el camino del río. Sentado sobre el bloque de cuarzo amatista, se hallaba el joven, encorvado el torso, los pies en el agua y la obscura cabellera caída sobre el rostro a modo de un velo interpuesto entre él y el mundo. EI sol jugueteaba en los árboles, sin alcanzar ya prenderse en las aristas de las rocas. La penumbra ahondaba el cauce del río y agrandaba la silueta del avaré. Para llamar la atención de este hombre callado e inmóvil, Kaá ensayó una dulce melopea y danzó después. Alzó el mbiá la espléndida cabeza, y vio aquella forma engarzada en la ribera como un trozo móvil y resplandeciente de cristal de roca. Primero pensó en huir, pero la beldad era una potencia regia y la soledad su imperial dominio. Quedó pendiente de los menores escorzos de aquel cuerpo que se alargaba, se encogía, se encendía de sol y se trocaba en llama viva para exacerbar su vibración juvenil. Aquella niña le repetía de modo irresistible todo cuanto le había murmurado confusamente la noche y la luz, la vigilia y el sueño, la tierra y el cielo, la soledad y el martirio. De un salto llegó hasta ella y la miró en los ojos. Sintióse como despeñado a un desfiladero, poseído de un solo vértigo, el de confundirse con aquella criatura en llamarada eterna. De súbito juntó las cejas en una honda arruga vertical. Los impulsos de la sangre moza seguían golpeando en sus arterias, pero todo un mundo de tradición, de respeto a principios heredados y a juramentos inviolables, se precipitaban sobre su conciencia, anonadando sus ímpetus varoniles.
** Kaá intuyó que antes de beber se le iba romper el vaso. Su corazón ardió como una llama; alargó los brazos, se le prendió al avaré cual liana viva, adelantó el rostro al contacto deseado. Cuando los cabellos de ella le cayeron sobre los ojos, el mozo sintió algo así como si un ciervo galopara en sus entrañas; en el vértice fatal, una diástole repentina del corazón desvió el rumbo de sus impulsos. Con vivo ademán empuñó el itá mará que traía en la cintura, y golpeó con ella la cabeza tentadora. Se oyó un ruido como de cuarzos que se quiebran. La joven se desprendió laxa, cual junco que perdió su apoyo. Tendida sobre el césped, fue prolongándose en un reguero de sangre resplandeciente. El pájaro emprendió a picotazos contra el sacerdote, que permaneció impasible, los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada perdida en lontananza.
** Un silencio sombrío, casi palpable, cayó sobre la faz de la tierra. A lo lejos vacilaban las fogatas prendidas para ahuyentar a las fieras y a los espíritus adversos. Todo seguía su curso en la región apenas accidentada por la muerte de una enamorada. El sacerdote acabó por dar oídos al graznido del ave que repetía; Jhypá Kaá.
** -¡Sí! ¡Kaá se extinguió! -pensó, con la impresión de que se le había apagado una antorcha para siempre. Sin embargo irguióse altivo, rígido, orgulloso de haber realizado una ofrenda ingenua, el sacrificio de su juventud apasionada y bella, y creyó ver en lontananza la sonrisa victoriosa de sus dioses. Luego corrió por el sendero sombrío; su cabello flotaba al viento como una bandera negra. De pronto doblegó la cabeza, desconcertado, por dos revelaciones imprevistas, la desatada angustia de la carne y la naciente tortura del remordimiento. La primera sería sofocada, la segunda pasaría y repasaría por su ser cual torbellino invencible. Kaá dejaba al amado recuerdos abrumadores.
** Muchas lunas pasaron. Precedido por larga fama de virtudes y saber, un anciano llegó al lugar donde transcurriera la breve existencia de Kaá. Era todavía de cuerpo hermoso, muy cenceño, de suave sonrisa y ojos ardientes. Solo esos chorros de saliva bermeja que de vez en cuando echaba sobre el pastizal, denotaban en el que se aproximaba al reino de las sombras. En el abra del río, frente al acantilado resplandeciente, vióse acometido por un ave furiosa casi ciega, que repetía: Jhypá Kaá. El anciano la apaciguó con un conjuro, o acaso ella misma se amansó por instinto. Juntos siguieron andando, el ave con el cuello tendido hacia el rumor del agua, él con el blanco manto ondeante, espiando cada piedra del barranco; se detuvo ante el trozo de cuarzo violeta y revivió los graves acontecimientos que turbaron su mocedad.
** Huyendo del sol estival que invadía el cenit, fue a situarse bajo un arbusto y apartó la vista de las flores rojas que esmaltaban el suelo cual coágulos de sangre. Un pronunciado aroma se le reveló como una presencia.
** Inmóvil, observó las brillantes hojas que le entoldaban la frente, extrañado de que siendo un sabio en plantas, desconociera el ejemplar que le daba sombra. Esta sombra y aquel aroma seguían acariciándolo, insinuándose en él como si retornaran de un confinamiento forzado, dispuestos a quebrar la discordia, a establecer una unidad esencial y definitiva. Soñando aprisionar y eternizar algo infinito que había desconocido hasta entonces, aferróse las ramas, arrancó las hojas, las estrujó y las masticó extasiado, con primaria avidez, cual si fuera un manjar de antiguo codiciado. El zumo ardiente y acre se expandió por todo su ser en abrasadoras ondas y le transmitió una extraordinaria vivacidad. De pronto se halló ante un lago eterno e inviolado, que ocultaba un Mbaéverá-guasú deslumbrador, pero vacío de los ídolos ante los cuales se había arrastrado en inútiles suplicios purificadores. Una sola imagen brillaba de pie en los altares, una sola irradiaba como diosa soberana de aquel templo. La forma inmortal, escapada del olvido y de la muerte, hacia florecer ahora, de una vez, todos los gérmenes arrojados en su corazón, muchas lunas antes, a orillas de ese mismo río. ¿Por qué no haberles dado paso, a su hora, ya que toda violencia había resultado impotente para anonadarlos? Una sola palabra halló para traducir toda la inmensa vibración de su alma: "¡Kaá porá!" -exclamó, entre borbotones de sangre bermeja. El amor, el dolor y la belleza se unían en un solo son ante la muerte. El hechizo turbador de una planta desmoronaba todo el secreto de una vida. El sacerdote venía a sumirse en la tierra donde corriera la sangre, cuyo ardor le quemó para siempre la mente y la carne. La maraña que rodea a la yerba-mate traduce la pasión áspera e impenetrable del asceta, y Jhypá Kaá es el ave que sigue defendiendo a esa planta de la codicia humana, cada vez más implacable y destructora.
//
ÑANDUTÍ
** ÑANDÚ GUASÚ RAJHY, era hijo del jefe de los "grandes avestruces" e iguales a éstos por la fuerza y la velocidad en la carrera. Poseía los clásicos rasgos de su linaje, mediana estatura, miembros bien proporcionados, expresión inteligente y vivaz. Lleva con agilidad y gracia un manto de blancas plumas de avestruz. Sus negros cabellos contrastaban con la blanca cimera sujeta por una vincha roja, y blancas eran también las plumas de sus ligas.
** Para ganar su amor, las doncellas bailaban ante él, lentas y sensuales danzas; le ofrecían pindó maduro y cahuy tibio, y se iban después, desilusionadas por su indiferencia, pero sin dejar de adorarlo.
** Una sola mujer existía para él en la tierra; se llamaba Sá purú y pertenecía a un clan amigo.
** La muchacha tenía los movimientos gráciles y salvajes de un ciervo joven, sus ojos se parecían al itá mará, piedra maléfica que desvía la flecha, seca los manantiales, corroe los huesos, esteriliza y mata por enervamiento. Prevalecía en ella el orgullo de la belleza de esos ojos, y miraba a los hombres de frente, de un modo profundo y tenaz, los soslayaba luego en un relampagueo que le iluminaba los dientes y las córneas. Después, echaba hacia atrás la cabeza, bajaba los párpados de pestañas combadas, borraba la sonrisa y quedaba como envuelta en una sombra imantada. Así se dejó admirar por Ñandú Guasu rajhy en varias ocasiones, hasta que un día, de pie sobre una piedra, le ordenó que nunca más tratara de aproximársele. Desde entonces el mozo perdió el sueño, buscó la soledad y odió la vida.
** En vano, la madre recurrió a las hierbas que dispensan el olvido; en vano, el padre le colgó al cuello un mboreví itá que cura los males del corazón, y mandó a un siervo tres noches consecutivas, a romper tres huevos de anó por vez, en las puertas de la cabaña de Sá purú. Los encantamientos pasaron como vientos acrecentando, si esto fuera posible, la pasión atormentada de Ñandú Guasú.
** -Sin ella el mundo parece un Kaí-güera-pensó el mozo, disparando sus dardos a los veteados cerdos salvajes.
** La vieja sucia y ladina que cuidaba de Sá purú, le informó un día que la muchacha había manifestado a sus padres su resolución de casarse con el hombre que le hiciere el más raro o más valioso presente; y contó que en la morada de la bella, los admiradores dejaban ajorcas de huesos, utensilios de carozo de coco pulido como ébano, piedras veteadas, los parlanchines, pendientes de nácar, esteras de complicada trama, pectorales de mariposas, collares de plumas, pieles rellenas de yerba-mate, odres de eireté y ramos de kaá güy poty, la orquídea más rara de las selvas guaraníes.
** El mozo se puso a buscar algo que superara a todo lo enumerado por la vieja. Esta volvió otra vez para decirle que Yacy Ñemoñaré, aquel guerrero alto, de tinte pálido, que se consideraba descendiente de la luna, había regresado de Ytatí, y traía unas ajorcas y pendientes tallados en cierto metal blanco y brillante, reputado por muy valioso.
** Esta noticia lo dejó a Ñandú Guasú más abatido que nunca. No concebía la vida sin Sá purú; menos la posibilidad de que Yacy ÑemoÑaré mordiera la fruta jugosa de aquella boca, o acariciara los párpados de pestañas combadas. El canto de un cogohé lejano le sugirió la idea de la muerte. Huyendo del trino fatídico se internó en la selva. El piar de las aves, el roce de las hojas, el hervor de vida en nidos y refugios invisibles, agudizaron su pasión, y los celos impartieron a su semblante una expresión de ferocidad muy ajena a su sangre.
** Le cerró el paso un árbol carbonizado por el rayo, quedó un rato mirando las escuetas ramas que se destacaban en el hoyo azul de un pedazo de cielo. De repente, divisó una urdimbre iridiscente, que pendía de dos gajos quemados. Sus hebras sutiles parecían rayos de luna, briznas de plumas o radiantes estambres de flores de guayabo, añadidos y entrelazados. Una gota de rocío parpadeaba en el redondel, cuya trama seguía urdiendo un insecto pequeño y negro, rueca viva que hilaba la luz extraída del inagotable filón de sus entrañas. El ovoideo laboratorio de aquel vientre diluía volutas de humo, gotas de lágrimas, hilos de lluvia, escamas de peces, agujas de escarcha y las clámides impalpables de cuantas libélulas bogan sobre las aguas en las siestas estivales.
** El semblante del mozo floreció en soñadora sonrisa. En vez de la muerte entrevía la vida. El genio de la selva le proporcionaba aquel velo, que él extendería sobre el seno de Sa purú. El cendal fabricado con las más finas galas de la naturaleza, era un presente insuperable, que le ganará la posesión del ser amado. Trepó al árbol y, a punto de apoderarse del tesoro, se volvió presuroso para rechazar al que trataba de derribarlo. Reconoció a su odiado rival, Yacy Ñemoñaré, y trabó con él una lucha cuerpo a cuerpo.
** Ñandú Guasú no tenía armas, pero su adversario llevaba un cacaj bien provisto de flechas. Logró apoderarse de una de ellas y la clavó en el riñón del pálido guerrero. Manando sangre a borbotones, Yacy Ñemoñaré se desprendió de su enemigo, vaciló y cayó al suelo, rompiendo de paso algunas ramas calcinadas.
** Indiferente al episodio, el vencedor ascendió a la meta. Suyo sería el velo sutil; alargó la mano, lo desprendió y quedó suspenso erizado los cabellos, las pupilas dilatadas. El tejido iridiscente so había transformado en esa sucias greñas, que se le pegaban a lo, dedos temblorosos.
** Enmudeció de espanto el que por bravo se creía hermano de tigres.
** Sabía que los genios selváticos crean espejismos en sus dominios, con el fin de burlarse de los mortales. No ignoraba tampoco la ascendencia lunar atribuida a su víctima. Ambas circunstancia podían volverse contra él, y ante esos poderes misteriosos que rigen las conciencias, sintióse débil e inerme. La derrota sin lucha, en la que nada influyen la habilidad ni la pujanza, y la angustia quo produce la estéril rebelión contra el destino, lo dejaron empequeñecido y miserable.
** El alba vino a sacarlo de su marasmo; con movimientos de autómata, se orientó hacia su casa.
** Ardía el sol cuando el kario se despertó al llamado de su madre.
** Incorporóse en la hamaca y se pasó la lengua por los labios resecos; tenía los ojos inyectados de sangre y el pulso febril. La anciana le explicó que había interrumpido su sueño alarmada por sus gritos y quejas. ¿Lo hirieron? ¿Sufría? A las preguntas maternas el joven opuso un silencio altivo y huraño. Poco a poco fue cediera do, y terminó por sincerarse. Relató lo acaecido en el bosque y se quejó de su suerte.
** -La luna siempre nos ha traído males -murmuró la anciana. Nosotros pertenecemos al sol; tenemos el ára-resá en las pupilas, la luz que nos permite ver en la noche como nuestros parientes, los jaguares.
** Por eso nos hemos concitado los celos de la noctámbula. No cabe duda, ella destruyó el velo que recuperaremos a la luz solar. Iremos juntos al bosque -propuso- y llevaré cascabeles de crótalos y dientes de puma sacrificado al salir el sol, poderosos talismanes contra los hechizos lunarios.
** Madre e hijo se dirigieron al bosque. Al pie del árbol muerto por el rayo, las hormigas cubrían los despojos del pálido guerrero; arriba, en el espacio, las aves de rapiña trazaban lentas parábolas de muerte. La anciana murió de soslayo los despojos; luego descubrió la trama sutil, flotante entre las ramas quemadas.
** A la luz del sol, el tejido cobraba un encanto nuevo. Revestida de aristas, de puntas, de líneas brillantísimas, irradiaba en un encandilamiento de átomos. Cada fibra era un prisma que disociaba luz en millones de gotas minúsculas, fascinando las pupilas con los colores del iris
** Transparente, casi etéreo diríase incapaz de resistir el soplo de un niño.
** Sin embargo, un obscuro insecto se mecía en su trama, diseñando círculos, agregando nuevas hebras fluidas del inagotable filón de sus entrañas. Aleccionada por el fracaso del hijo, la anciana, se abstuvo de palpar el maravilloso velo. Permaneció a prudente distancia, atenta a la obra del pequeño artífice, observando el diseño y el orden de ejecución.
** Al atardecer, despertóse Ñandú Guasú. Echado sobre el césped había recuperado durante el día el sueño no conciliado en la noche. Apenas despierto, sintió de nuevo la mordedura de su desengaño. Miró a su madre y quedó atónito. En manos de la anciana flotaba un velo flexible, de suaves transparencias, con reflejos del nácar, de la espuma y de la niebla. El diseño estaba calcado en el otro que seguía pendiente en las ramas, ostentando su belleza ilusoria.
** El mozo no se atrevió a tocarlo; su madre trató de convencerlo de que el cendal era igual al modelo de belleza, pero distinto en calidad y resistencia. Por último, lo tuvo en las manos, y preguntó, emocionado: -¿Cómo has realizado este primor tangible, tan bello como el juego de un rayo lunar?
** Del modo más sencillo y natural. La anciana, con esa capacidad mental, característica de las mujeres de estirpe, había estudiado el modelo, la dirección de las líneas, sus convergencias y entrecruzamientos, y echó mano a las hebras de sus cabellos encanecidos para tejer el redondel.
** La leyenda no dice si el amor materno, venero inagotable de prodigios, contribuyó en este caso para conquistar la felicidad de un hijo, pero conservó la denominación de ñandutí, abreviatura de ñandú-atí, canas de avestruz, para designar los encajes que continuaron tejiendo los guaraníes sobre el modelo primitivo, y el vocablo ñandú, que significa avestruz, pasó a dar nombre al arácnido que en la naturaleza hace el papel de encajero. De este modo se perpetuó la memoria de la ingeniosa madre de la tribu de los Ñandú-Guasú.
.
Fuente: RÍO LUNADO - MITOS Y COSTUMBRES DEL PARAGUAY por MARÍA CONCEPCIÓN LEYEZ DE CHAVES - Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay, 2007 (228 Páginas). Prólogo: Osvaldo González Real

martes, 2 de marzo de 2010

RÍO LUNADO. MITOS Y COSTUMBRES DEL PARAGUAY por MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES - Prólogo OSVALDO GONZÁLEZ REAL / Texto: MANACÁ

RÍO LUNADO
MITOS Y COSTUMBRES DEL PARAGUAY

Autora
MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
www.portalguarani.com )
Editorial Servilibro,
Asunción-Paraguay, 2007 (228 Páginas)
Prólogo:
Osvaldo González Real

Dirección editorial: Vidalia Sánchez

**/**
** En Río Lunado, podemos apreciar una restauración, de alto nivel literario, de nuestros mitos fundamentales: los de nuestros antepasados indígenas. En una prosa, de gran lirismo y perfección formal, Doña Concepción Leyes de Chaves (autora de las novelas TAVA’I y MADAME LYNCH) narra los aspectos más resaltantes de las leyendas guaraní, esas que han contribuido a formar nuestra identidad y que han inspirados a poetas y escritores nacionales como el Ka’a, el Ñanduti, el Jasy Jatere, la ciudad perdida del Mba’e-Verá-Guasú, las historias de Pai-Sumé y la fuente de Bolaños, se encuentra aquí expuesta para el deleite de lectores exigentes. Esta obra incluye el Romance de la niña Francia y la tragedia de Urutau, escrita en 1941.
** El libro, publicado originalmente en 1951, por la editora Peuser de Argentina, estaba agotado. Esta reedición viene a llenar un vació bibliográfico y presentando al lector actual una obra fundamental para comprender los componentes míticos de nuestro imaginario colectivo – OSVALDO GONZÁLEZ REAL
//
ÍNDICE:
· Kaá; / Mbae-verá-guasú; / Irupé. Victoria Regia. Flor acuática; / Karáu; / La gruta de Santo Tomás; / Mandí; / Sá guasú; / Muá-muá; / Zuinaná; / Ñandutí; / Ypá-Karaí; / Acá-hendy; / Kaure-í; / Yacy-Yateré; / Yaguarú; / Manacá; / Eí-ré-té; / La fuente de Bolaños; / Lucía Miranda; / Una mujer en el drama de Guido Boggiani; / Romance de la niña Francia; / Urutáu;
** Significado de las palabras guaraníes usadas en el texto.
//
PRÓLOGO
La obra RÍO LUNADO (1951), que desglosa los mitos y leyendas de nuestro país, es una de las obras más notables de la escritora MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES (1891-1985), inscripta dentro de la corriente nacionalista de revaloración de lo autóctono. Esta tendencia, como muy acertadamente explica Josefina Plá: "halló en períodos posteriores acomodo y justificación en el plano literario al identificarse con las corrientes americanistas que preconizaban con fervor la revaloración de lo propio americano en literatura: indigenismo, nativismo, criollismo".
** Este tipo de narrativa, que podemos clasificar como de pos-guerra, va del costumbrismo al nativismo y se propone incursionar en el exotismo en boga, cuyo precursor en nuestro medio fuera Natalicio González, a través de la publicación de la revista Guarania. Según Roque Vallejos en su libro LA LITERATURA PARAGUAYA, esta modalidad estilística está influida por el mondonovismo brasilero y el folclorismo rioplatense. El lenguaje de estas obras, de tipo modernista, era atildado, lujoso, de tipo flaubertiana.
** La autora de esta exquisita obra también escribió la novela TAVA-Í en 1941 y MADAME LYNCH en 1957.
** Se la cita como dramaturga a raíz de la publicación de la obra teatral Urutaú, impresa en 1941. Todos los críticos coinciden en alabar la prosa deliberadamente poética y alambicada de Doña
** Concepción Leyes de Chaves, quien se inspiró -seguramente- en modelos franceses y tuvo la influencia de escritores como Goycoechea Menéndez y a otros cultores de la tónica modernista de su época, como Lugones.
** Se ha dicho que todas estas obras reflejarían un "narcisismo nacionalista" contrario a una conciencia crítica de la realidad (Josefina Plá), pero quizá, era un momento crucial de nuestra historia que exigía una reconstitución de nuestra identidad y una autoafirmación necesaria después de la guerra.
** Estos mitos y leyendas, algunos de los cuales se inspiran en ÑANDE YPY CUERA de NARCISO R. COLMÁN y en las cosmogonías de los guaraníes, se basa en investigaciones exhaustivas y, si se quiere, eruditas. Doña Concepción, prácticamente reconstruye y recrea los tiempos míticos en que se mueven los personajes de estas creencias. Con un lenguaje altamente lírico y utilizando constantemente nombres y frases en guaraní, ella nos sumerge en un mundo mágico, en una geografía adánica, como si estuviéramos en los comienzos del mundo. De esta manera nos describe los orígenes de plantas como el KAÁ, la Victoria Regia (YRUPÉ), la historia del ÑANDUTÍ, las creencias antiguas sobre PAÍ-ZURRÉ (el Santo Tomás autóctono) y se refiere, también, a las creencias apocalípticas de los guaraníes, como es el caso del "tigre azul" (YAGUA-VEVÉ), que vendrá, al final de los tiempos, a destruir el mundo y que está íntimamente relacionado con el mito de los "gemelos".
** Hemos dicho que la tersa prosa de Doña Concepción -alabada por HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ, en su HISTORIA DE LA LITERATURA PARAGUAYA- posee el don de transportarnos, como en un sueño maravilloso, al tiempo del origen, al inicio del tiempo, cuando nuestros antepasados (los abuelos primigenios) caminaban sobre la faz del paraíso. Se habla, en RÍO LUNADO, de la TIERRA DONDE NO EXISTE EL MAL, el YVY-MARAẽ’Y de los antiguos chamanes guaraníes. El amor y respeto a la naturaleza, propio de los personajes de estas leyendas, nos recuerda la preocupación ecológica de nuestro tiempo. Los indígenas eran muy conscientes de la necesidad de este equilibrio "Hombre-Naturaleza" y nos han dado un gran ejemplo le sabiduría con su conducta.
** Para terminar este breve prólogo, podemos afirmar que este libro constituyó un importante hito dentro de la literatura paraguaya en el momento de su aparición.
** Resucita un mundo arquetípico, un modelo que -de alguna manera- constituye la matriz del inconsciente colectivo nacional. Es un intento, literariamente muy bien logrado, de recuperar las raíces de nuestro imaginario colectivo y la restauración de nuestro bagaje ancestral, tan ignorado y abandonado en estos tiempos menesterosos, que apelan -para salvarse- a la potencia de los mitos. - OSVALDO GONZÁLEZ REAL.
.
MANACÁ
MBARACAYÚ, el audaz guerreo, eximio tirador de flechas y tañedor de mbaracá, cruza sus extensos dominios del litoral a los confines, llevando la guerra con sus huestes indómitas a las tribus enemigas de más allá de las sierras, de más allá de los acantilados.
** Descansando de sus luchas persigue a las fieras. Una onza extraordinaria, de soberbia estampa, divisa en la espesura. Le dispara una flecha certera. La bestia huye dando brincos; bravía trata de sacudir la clava que le hiende el flanco. En la furia de la huida su infalible instinto la guía hacia lo más inaccesible de la selva. El cazador va en pos de las huellas sangrientas con tozudez. Típico ejemplar de su nación guaytacá, el joven, con la ligereza de un gamo, puede cubrir distancias sorprendentes; y su destreza intrépida y su bravura audaz no admiten la vacilación ni el miedo.
** De noche durmió en un desconocido repliegue de la jungla. Al amanecer retomó la pista ensangrentada hasta alcanzar el matorral donde se guareció la bestia, cuyo bramido de postrera rebelión estremeció la selva. El guerrero despojó a la víctima de los valiosos colmillos y de la espléndida piel, bello manto principesco que luciría con orgullo en justas del valor.
** La lluvia que caía a torrentes lo limpió de sangre. Cuando pasó la tormenta quiso volver sobre sus pasos, pero el suelo mojado no tenía memorias de caminantes y por la espesura no se divisaba el sol. El guerrero tomó entonces precauciones infinitas en su marcha.
** Dos días lleva en la selva desconocida. Tiene que avanzar de árbol en árbol; suspendido como un cuadrúmano de las ramas enredadas de juncos, sorteando abismos, troncos y ofidios.
** Por fin alcanza un vergel donde la voluntad humana parece haber dominado la selva. Fina gramilla cubre el suelo; abunda la caza; gorjean los pájaros y se respira un ambiente de calma y bien estar. Mbaracayú se tiende a descansar bajo un árbol elegido al azar. En sueños siente que le cae un rocío perfumado. Se levanta y reconoce el árbol a cuya sombra se halla. Es el ysapy, árbol de la dicha, cuyas hojas dejan caer una finísima llovizna que aleja a los espíritus del mal. Mbaracayú se siente renovado. Seguro de una dicha inmediata camina con agilidad, optimista y casi alegre.
** A la luz de la luna divisa unos montones rojizos que semejan una absurda cordillera de juguete. Toda la cosecha de mandioca se halla acumulada ahí, al alcance de aquellas mujeres morenas, que raspan las raíces con el tapi i yú; las desmenuzan y luego las trituran en sendos morteros de madera, faena que ejecutan sin premura, a modo de diversión. Los hombres caminan de un lado a otro, bromean parcos, o quedan callados, fumando; otros beben caúy, inclinados sobre grandes vasijas que ocultan el rostro. Los niños sacuden las batatas, cocinadas al rescoldo, en espera de la carne asada.
** Entre el sordo golpear de los morteros se escucha el ruido que hace el agua cayendo en los cántaros, el del apererá al ser vertido en las bateas, el de las cuerdas ajustándose a las tapas de cuero de las tinajas llenas del líquido para el vino. Guerreros jóvenes untados de achíote, miran de soslayo a las mujeres que se cimbrean al pie de los morteros.
** Sendos apycá pucú ostentan profusión de zapallos y pulpas de cocos rociados con miel silvestre, pirámides de frutas y maní, tortas de almidón y de maíz en forma de medialuna, de sol, de serpiente con patas, de armadillos, nidos, aves, peces con cabeza de pájaro. Sobre el césped hay odres de miel, tinajas de chicha, calabazas llenas de vino.
** Un súbito encogimiento detiene las tareas. Alguno ha advertido la presencia del forastero, y ha llamado sobre él la atención de los demás. Mbaracayú se aproxima; extiende en el suelo la piel de tigre, se sienta sobre ella y toma el mbaracá de manos de uno de los músicos. Su porte bravío y noble se impone a los hombres; su gracia provoca la admiración de las mujeres. El personaje central de su canto enciende la imaginación de las jóvenes y de las viejas, que siguen pendientes de las hazañas de ese príncipe Chimboí, jefe de los karios, arrogante y perturbador, solitario habitante de un gran palacio blanco, en el cual ambula suspirando por una mujer bella y mará ne y, ideal de perfección humana que encontraría acaso, ahí, entre esa tribu notable por la excelencia de las mujeres. Las muchachas, predispuestas a lo novelesco, inspeccionan la propia belleza, la comparan con la de las otras y, ante la indiferencia de las muy feas, se preguntan si el príncipe solitario sería tan turbador como este tañedor de mbaracá.
** La cosecha de mandioca coincidía con las fiestas de la nubilidad. En andas, como diosas, llegaron las que festejaban su mocedad. Ostentaban sendas riscas bermejas en las mejillas, en el pecho y brazos, y el imperceptible hilo rojo de la virginidad en torno de las caderas. Familias enteras las seguían con muestras de regocijo, bailando, cantando, proclamando a gritos las virtudes de la doncella que les pertenecía. Los sonidos de tereropiá, del mbaracá y del peteque peteque levantaban al pináculo la alegría y los ensueños.
** Cuando se dio comienzo a la danza multitudinaria, la última raspadora de raíces levantóse para exhibir su arte o su plástica.
-Nde porá jhene potí –Re hespe jhe re mimbí- opá re yeroky roky -Ni yaí yacy ta té (1). Cuando Mbaracayú ofrendó este canto a la joven que venía en brazos de sus dos primos, sintió que el corazan le golpeaba como atabal convocando a la pelea.
** La procesión se detuvo. Los rayos lunares destacaron a la muchachita que cruzó los brazos sobre el pecho, ladeó ligeramente la cabeza y evitó el intenso mirar del forastero; parecía una sensitiva plegada al contacto adverso. Los dolorosos sacrificios de la nubilidad, aquellos tres largos meses de escarificaciones, de ayuno, de encierro en la hamaca sin ver la luz, habían hecho de ella una figura casi blanca, delicada, de finura adorable, increíble de que perteneciera a un grupo primitivo y enérgico.
-¡Esta será la esposa de Chimboí! -declaró el forastero, palabras que hicieron aflorar un conato de rebelión en el más joven de los primos. La familia acató la opinión de la anciana Chiró, abuela de cien nietos, entre ellos Coetí, la belleza admirada por Mbaracayú. Chiró recordaba que en la noche del nacimiento de Coetí, brillaron las constelaciones de la dicha. Pronósticos y cábalas estarían a punto de cumplirse. Aquel príncipe poderoso sería la lumbre de felicidad proyectada sobre el porvenir de la niña, y este forastero el enviado providencial de las potencias que sujetan los destinos de los astros. Chiró le pidió que le indicara el camino que conducía al palacio blanco. Mbaracayú se ofreció para guiarla y los tres partieron esa misma noche. A Chiró no le pesaban los años ni sus alforjas, en cambio la joven caminaba con lentitud, se diría que esperaba la ocasión de escaparse y volver al lado de aquel primo que, a una señal de la abuela, había quedado cual planta seca de espinillo, huraño y hostil.
** Cerca del mediodía los caminantes, habiendo hecho un largo Trayecto, quedaron a descansar. Chiró sacó una hamaca de su hatillo; la sujetó a las ramas y dejó en ella a su nieta. Mbaracayú anunció que traería un venado para el almuerzo, y se perdió en la arboleda. Cuando Coetí se despertó, el venado se asaba al fuego y Mbaracayú conservaba amistosamente con Chiró. La niña corrió al arroyo y regresó con el cabello mojado; las gotas de agua le rodaban por el cuello cual polvos de cuarzo hialino. El mozo se adelantó a su encuentro y la tomó de la cintura con vehemencia. Intervino Chiró; sirvió al asado y después de comer, preguntó a qué hora se llegaría al palacio blanco.
-Cuando yo quiera -declaró Mbaracayú- Coetí será mía y tú desanda el camino. Cuanto antes mejor.
-Has prometido conducirnos al palacio de Chimboí -repuso Chiró. -¡Yo soy Chimboí! Mbaracayú es solo mi nombre de guerra -replicó el mozo.
-¡Tú, el príncipe! -Chiró no parecía dispuesta a creerlo.
-Entre los karios cualquiera es yeroviá jha ité como el más encumbrado de su casta -la orgullosa frase acrecentó las dudas de Chiró.
** Ésta comprendió que vivía el minuto extremo del cual dependía su propio destino y el de su nieta. Afortunadamente las mujeres de su estirpe no cedían ante el primer osado que se les plantara en el camino. Ella había hecho una apuesta con el destino y estaba decidida a ganar.
-Hija mía, te dejo. Mi apresuramiento originó todo esto; sin embargo confío todavía en que serás dichosa y que no tendré por qué arrepentirme de haberte creado esta situación-. Así hablaba la abuela, untando el pecho, la espalda y los párpados de la nieta, con cierta substancia cuyo recipiente traía colgado al cuello.
** El mozo contemplaba a las dos mujeres con curiosidad, convencido ya de que la anciana se iría. De repente parpadeó como para librarse de una nube que le cubría los ojos. Sintió un escalofrío en todo el cuerpo. Miró a la anciana y sorprendió en sus pupilas una chispa de astucia, de burla, de inteligencia que le hizo sufrir y temer, a pesar de él mismo. Posó la vista sobre Coetí y sus ojos turbios le mostraron una silueta casi desmaterializada. Quedó inmóvil, mirando fijamente, tontamente a la niña que parecía esfumarse. Por fin salió de su fascinación; maquinalmente tuvo la evidencia de que iba a perderla, de que era necesario hacer algo para detener la obra de esa vieja ensorciladora y ladina, que ahora guardaba sus bálsamos de olor insufrible. Bruscamente inflamado, extendió las manos para asir a la joven y apoderarse de ella. ¿Por qué la encontraba tan ligera, tan singularmente flexible? Tiró nueva-mente pero sin resultado. El corazón le palpitó con más fuerza cuando la sintió fija en el suelo, como si hubiese echado raíces. La sacudió con violencia, semiinconsciente, sin darse cuenta de lo que pasaba. En un esfuerzo total para desprenderla definitivamente del suelo, dio con los pies en las brasas. En una sola impresión se mezclaron el dolor de las quemaduras y el asombro de encontrarse asido al tronco de un arbusto. Quedó oscilante, inútil como un panal vacío en la punta de una rama seca.
** Cuando disminuyó su espanto, buscó a Chiró, pero también ella había desaparecido. Miró el árbol para descubrir algún indicio, alguna señal de que la transformación era ficticia. Prestó oídos al murmullo de las hojas, esperando alguna revelación; nada. Peor aún, el hechizo amenazaba penetrarlo a él también. Si no ¿por qué le pesarían tanto los pies? ¿Por qué la voz se le helaba en la garganta? ¿Por qué no podía correr detrás de la vieja y traerla ahí, para hundirle la cara entre las brasas?
** Por fin cesó el suplicio de la inmovilidad y de la mudez. Podía moverse, andar, pero ¿hacia dónde? No quería apartarse del árbol; de un momento a otro, Coetí podría reaparecer por cualquier lado. Sorprendióse a sí mismo preguntando al arbolillo qué había sido de ella, si estaba muerta o regresaría viva. Acechó frondas. ¡Ni un ruido humano! Se echó bajo la planta y se recostó en su tronco.
** La noche sobrevino silenciosa; cayó como polvo de carbón sobre las cosas, ennegreciendo todo. El mozo quiso dormir pero no pudo; en el tronco del árbol le parecía que latiera un corazón. Además creía que alguien le espiaba desde las sombras y quedó de nuevo inmóvil. No quería moverse; tampoco dormir. Debía permanecer despierto, porque ese alguien que le espiaba desde las sombras podía venir a hacerle algún daño terrible. Con la cabeza entre las manos, miedosamente, fue entrando en los dominios de la sombra.
** Despertóse con el alba, invadido por un aroma penetrante. Al ponerse de pie golpeó la cabeza contra las ramas y cayó una lluvia de pétalos blancos. Todo el árbol florecía en esa altura primorosa. Pero él esperaba otro acontecer más extraordinario, y como no sobreviniera, acabó por evocar a la amada cual un fantasma que había ascendido al plano de su imprecisa teogonía. Huyó del lugar como una oscuridad sagrada. Cuando huyó el forastero, Chiró regresó dispuesta a recuperar a su nieta. Sabía cómo hacerlo; pero sin embargo se detuvo vacilante. Con la boca abierta y las manos temblorosas, quedó mirando a un pajarillo rutilante, que aleteaba en giros rumorosos; no se veían sus alas ni plumas, nada más que una ovoidea criatura irisada, de pico largo y fino como espina de coco-tero traspasada de luz. Con fugaces movimientos contráctiles se alejaba, rauda, esquiva, en temerosa apariencia de que lo detuviesen por más tiempo de lo que quisiera. Huía pero retornaba voluble, audaz para el goce, singularmente alerta aun en el instante placentero de libar el néctar. Parecía jactanciosa de su capacidad de mantenerse etérea, lejana, inaprensible. Chiró quedó espantada, pero no se atrevió, como no se atrevieron antes, ni se atreverán después, a darle caza y retorcerle el cuello. El ave se dio cuenta precisamente de la intrusa, y huyó de un solo vuelo rectilíneo, hasta perderse como una hoja entre las hojas.
** Las flores violadas aprisa quedaron temblando, empañadas de impreciso tinte que se diría de rubor. Extraño tinte que parecía venir del corazón de la planta, como un reflejo de tristeza, de humillación, que permeaba las corolas, invadía la blancura general con el cromatismo del violado, desde el lila rosado, color de lejanías, matiz de añoranza, hasta el morado intenso, tinte de la carne macerada.
** Al principio Chiró rehusó admitir la verdad de sus propios pensamientos; sin embargo era aquello tan claro, demasiado claro, pero también demasiado horrible. La reaparición de la joya alada cortó sus cavilaciones. Volvía el ave luminosa bajo el sol. Aparentemente inmóvil, parecía meditar sobre las corolas manchadas, vivir el recuerdo cercano de sus éxtasis, esos aromados segundos de embriaguez en las flores blancas.
** A la proximidad de la maravilla irisada, insolentemente bella, increíblemente cruel es su fragilidad y pequeñez, Chiró vio, sí, vio que las flores se movían temerosas o anhelando acaso otra invasión del rosado pico.
-¡Es él! -gritó la anciana, evocando un impreciso país radiante, Kuajajhy tava, donde habitaba Mbaé í humby, cierto príncipe voluble, condenando por los genios a la perenne e infructuosa búsqueda de su ideal. Este ser inconstante, ave de paso en todos los vergeles, realizaba sus extraordinarias nupcias en el limbo de las flores; y ahí estaba, girando sobre las corolas, ronroneando desafiante, inexorablemente dispuesto a perforar los vasos, pero sin pararse ya en ellos, como si amoratados como estaban hubiesen dejado de atraerlo. Vagaba de un lado a otro, experto, incólume, brillantemente burlón ante sus víctimas.
-¡Manacá! -declaró Chiró, con los ojos llenos de lágrimas. Comprendía que había llegado tarde. Ya no se cumplirían los designios de los astros. La nieta se hallaba imposibilitada para el amor de los hombres de su estirpe, que exigían el mará né yen la elegida; la negación de toda culpa, lo puro, virginal e intacto. La anciana se acusó a sí misma de codicia desmesurada. Suya era la ambición que hizo la desgracia de su nieta. Pero esa desgracia podía ser reparada todavía. No haría nada para recuperarla ahora, ni después. La corola inhibitoria ocultaría lo irreparable. Desde entonces la blancura de la "azucena del bosque" disfraza el manacá. El arbusto, noche a noche, entrega su violado mando al rocío, al milagro de las emanaciones siderales, para recogerlo al amanecer, restaurado, con la aparente blancura del bien perdido.
** De este modo se cumplió la revelación de los astros. Prisionera en la planta de manacá. Coetí se siente feliz con las caricias de un príncipe encantado, el picaflor.
1. Tu límpida belleza ilumina rutilante como el lucero de la mañana.
.
Visite la GALERÍA DE LETRAS
del PORTALGUARANI.COM
Amplio resumen de autores y obras
de la Literatura Paraguaya.
Poesía, Novela, Cuento, Ensayo, Teatro y mucho más.