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martes, 6 de abril de 2010

RECOPILACIÓN DE HISTORIAS, LEYENDAS y POEMAS - EDUCACIÓN Y CAPACITACIÓN PARA EL DESARROLLO SOSTENIBLE DEL CHACO SUDAMERICANO - GTZ



RECOPILACIÓN DE HISTORIAS, LEYENDAS y POEMAS
Edición digital: www.arandurape.edu.py

EDUCACIÓN Y CAPACITACIÓN
PARA EL DESARROLLO SOSTENIBLE DEL CHACO SUDAMERICANO - GTZ
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PROYECTO DE MANEJO SOSTENIBLE
DE LOS RECURSOS NATURALES EN EL CHACO SUDAMERICANO-GTZ
Responsable por GTZ: Evelin Höhne
Coordinación: Patricia Maldonado (LLASTAY-ARGENTINA)
Equipo: Liliana Argüello (UNC-CERNAR- ARGENTINA)
Guillermo Schwindt (UNC-CERNAR- ARGENTINA)
Daniel Díaz Romero (UNC-CERNAR- ARGENTINA)
Judith Heredia de Cruz (TEKO - guaraní, BOLIVIA)
Levi Hiebert Funk (Fund. DeSdel Chaco-PARAGUAY)
Colaboradora: Adriana Torrico (CLIMA-BOLIVIA)
Diseño y Diagramación: Jimena Vera Psaró
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Introducción
Caa (yerba mate) -leyenda guaraní
Coquena (dios de los pastores) -leyenda salteña
Ichepe Usaka
Ayuda mútua
El Algodón
El Benteveo -leyenda guaraní
El Cacuy -leyenda quichua
El Guajojó
Cuento de las canastas
El tatú y el avestrúz
La comunidad Nivaclé recuerda sus lugares
Cuenta un anciano nivaclé
El Irupé -leyenda guaraní
Decadencia de Machareti -sequías y plagas-
El origen del N´Vike -violín de lata-
El hombre Luna y su mujer
El Quebracho Colorado -leyenda quichua
El Timbo -leyenda guaraní
La Algarroba -leyenda quichua
El Lapacho blanco y la Viudita -leyenda Qom (toba)
La Leyenda del origen de los ríos Pilcomayo y Bermejo
Origen de los ríos chaqueños
El monte nos protege, alimenta y nos dá medicina
Las Aves
Una historia para reflexionar!
El ciclo de la vida
Poemas de jóvenes chaqueños
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INTRODUCCIÓN
Los materiales que hoy presentamos son el resultado de un trabajo en conjunto de varias instituciones del Gran Chaco Americano (Paraguay, Argentina y Bolivia), del aporte de numerosos colaboradores que confiaron en nuestro trabajo y accedieron a compartir sus experiencias einformación y al apoyo brindado por la Cooperación Técnica Alemana GTZ, quien acompaño este proceso desde sus inicios.
La idea de desarrollar materiales didácticos para apoyar la educación ambiental en el Gran Chaco surge a partir de dos encuentros realizados con el objeto de compartir y explorar la experiencias existentes en la región, donde por otra parte se conforma la Red de Educación Ambiental del Chaco.
Una de las demandas expresadas por quienes asistieron a estos encuentros fue la necesidad de contar con materiales didácticos regionales. Y para ello se constituye un equipo trinacional con el fi n de desarrollar una propuesta didáctica para la región, que facilite la integración de los conocimientos locales, introduciendo a alumnos, docentes y capacitadores en un proceso interactivo de generación de saberes y destrezas desde donde se aborden las problemáticas de la región chaqueña.
Es así como se decide elaborar un maletín o caja de herramientas didácticas con el objeto de contribuir al trabajo de las diferentes instituciones y personas que ejecutan proyectos y actividades de educación ambiental, conservación de recursos naturales y desarrollo rural, tanto en los espacios formales como en los no formales.
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ACERCA DE LA RECOPILACIÓN
Ya hicimos referencia en el cuaderno sobre “Metodología y Técnicas” de que la complejidad ambiental requiere de nuevos desafíos metodológicos y de un abordaje sistémico. Sin embargo esta complejidad no sólo debe considerarse en la escala espacial, sino también es importante tener en cuenta su escala temporal.
Los situaciones ambientales presentes no son el producto sólo del accionar de las comunidades actuales, o mejor dicho para comprender las relaciones actuales que los hombres establecen con la naturaleza debemos explorar las propias relaciones históricas.
Una de las características mas sobresalientes del Gran Chaco es su rica diversidad tanto biológica como cultural. Esta última se refleja en las múltiples lenguas, en la amplia existencia de leyendas e historias, que traducen la profunda vinculación del hombre chaqueño con su ambiente y nos permiten comprender en parte las situaciones actuales.
Por ello consideramos que entre los materiales no debía faltar este tipo de recurso, y decidimos recopilar algunas de las leyendas, cuentos, historias, poemas, etc. como una muestra más del valioso patrimonio existente en el Chaco, ofreciendo al mismo tiempo una dimensión particular para el abordaje de los temas elegidos desde la dimensión mágica que nos proponen los cuentos y las leyendas.
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CAÁ (YERBA MATE) (LEYENDA GUARANÍ)
Hace muchos, muchísimos años, la Luna no se contentaba con enviarnos desde el cielo su luz blanca y hermosa, sino que también bajaba ella a nuestros campos y bosques, ansiando respirar aire puro, sentir el perfume de las fl ores y alegrarse con el murmullo de los arroyuelos y el canto de los pájaros.
¡No imaginéis a la Luna, en sus paseos por la Tierra, rodando de aquí para allá como una bola cualquiera!... Imaginadla transformada en una mujer hermosísima, con ojos brillantes como dos estrellas, de larga cabellera plateada, y envuelta en tules fi nísimos de suaves colores. ¡Así bajaba la Luna a la Tierra!
Y no venía sola; acompañábala siempre una bellísima joven, que era, a su vez, una nube a la que la Luna había transformado.
Nuestros indios guaraníes llamaban a la Luna, Yací, y a la; nube, Araí.
Adoraban a Yací porque, según ellos, era la diosa que protegía y premiaba a los hombres buenos.
Una tarde, Yací y Araí paseaban juntas aspirando embelesadas el aroma de las plantas y de las fl ores del bosque.
De pronto, en una vuelta del camino, entre la maleza, se les apareció un temible yaguareté (tigre) que, en actitud de saltar sobre ellas con las fauces abiertas para destrozarlas con sus dientes y sus garras, parecía esperarlas hambriento.
Imaginad la escena.
Ellas nada pueden hacer para defenderse. Se detienen horrorizadas ante el feroz animal y allí quedan inmóviles; paralizadas de espanto; a pocos pasos está el tigre agazapado y medio escondido entre las plantas, esperando el menor movimiento de ellas para alcanzarlas de un zarpazo.
Yací y Araí sólo piensan en huir para librarse de su terrible enemigo.
Ya va a saltar el tigre sobre ellas, cuando ven con gran asombro que éste, rugiendo de dolor, cae herido por una flecha que alguien le ha arrojado.
Yací y Araí huyen horrorizadas, y desaparecen. Mientras tanto, el yaguareté, rugiendo furioso, busca a su heridor para atacarlo. ¿Y qué ve? Allí, oculto, detrás del grueso tronco de un árbol, está un indio viejo que sostiene entre sus manos un arco y muchas fl echas. El es quien intenta matar al tigre para salvar la vida de las dos mujeres.
El yaguareté, al verlo, brama furioso queriendo arrojarse sobre el indio para devorarlo. Pero éste, aunque viejo, es astuto y muy valiente; consigue apartarse y arrojar nuevas flechas al yaguareté, el que cae, al fi n, muerto a sus pies.
Pasado el peligro vuélvese el indio hacia el lugar en que viera a las dos mujeres, pero no las encuentra: Yací y Araí, llenas de espanto, habíanse transformado en Luna y en nube para elevarse nuevamente, sutiles y aladas, al reino de los cielos de donde habían bajado.
La noche cae ya sobre el bosque. El indio apresúrase a sacar la piel al yaguareté, se cubre con ella y trepa luego a la copa de un árbol, dispuesto a pasar allí la noche.
Satisfecho por la buena acción realizada, el indio viejo no tarda en quedarse profundamente dormido.
Y sucedió que mientras estaba entregado al sueño, vio aparecer ante sí, como envuelta en nubes radiantes de luz, la fi gura bellísima de la mujer de los cabellos de plata que había visto esa tarde en el bosque. Oyó también claramente que ella, acercándose a él, le decía:
—Soy Yací, la diosa de los hombres buenos. Era yo, acompañada de Araí, quien paseaba por el bosque esta tarde. Tú has luchado con valor para salvar nuestras vidas, poniendo en peligro la tuya.
—El indio, maravillado, quiso responder algo, pero no pudo. La diosa continuó hablándole:
—Los hombres buenos reciben siempre recompensa por sus nobles acciones. ¡Tú recibirás la tuya, porque tu bondad y tu valor la merecen!
—¿Cuál será esa recompensa?—se preguntaba el indio, mientras contemplaba embelesado a su diosa protectora. La respuesta no se hizo esperar, porque Yací prosiguió:
—Haré nacer para tí, en este bosque, una nueva planta. Llámala Caá y cuídala mucho. Te advierto que sus hojas serán venenosas, por lo que deberás tostarlas para hacer uso de ellas. ¡Muchos benefi cios recibirás de Caá!... ¡Muchos!...
Dicho esto, desapareció la diosa.
Despertó el indio y miró a su alrededor, buscándola pues le parecía, continuar oyendo su dulce voz. No la encontró, más bien pronto escapóse de sus labios una exclamación de sorpresa: ¡Aquí está la planta de que me habló Yací!... ¡Qué alegría!...¡Esplanta del cielo la que aquí encuentro!...¡Es Caá!
Y en efecto: allí estaba entre la salvaje maleza, Caá, iluminada por la luz de la Luna.
Agradecido, el buen indio buscó nuevamente a Tací para demostrarle se contento, pero tampoco la halló. Quedóse en el bosque hasta que los primeros rayos del sol, claros, brillantes, dorados, comenzaron a filtrarse poe entre el ramaje de los árboles y por entre las hojas de su nueva planta que, como podéis imaginar, era la de la yerba mate.
Esta planta nació, pues, en nuestro suelo, hace muchos años; cuando creían los indios que paseaban por la Tierra, la Luna y la Nube...
La yerba mate es, según la leyenda, el premio que recibió un alma buena. Por eso esta planta nos brinda sus mejores dones y es símbolo de amistad entre los hombres.
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EL IRUPÉ (LEYENDA GUARANÍ)
A orillas del Paraná vivía el cacique Rubichá Tacú (Jefe Algarrobo), que gobernaba una tribu de hombres aguerridos y hermosas mujeres.
Rubichá Tacú tenía una hija, Morotí (Blanca), joven y bella pero orgullosa y coqueta, novia de Pitá (Rojo), el guerrero más valiente de la tribu. Morotí y Pitá se querían mucho; pero el genio del mal, envidioso de la felicidad de los jóvenes, inspiró una mala idea a la india.
Un día, al caer la tarde, paseando por la orilla del río con otras doncellas, Morotí vio a Pitá que, en compañía de varios guerreros, se ejercitaba con el arco y las flechas.
Para demostrar a sus amigas cuánto la amaba Pitá y cómo satisfacía todos sus caprichos, les dijo con orgullo:
— Ahora verán cómo Pitá cumple cualquier deseo mío. ¿Ven este brazalete?
Lo arrojaré al río y mi novio irá a buscarlo.
Una de sus amigas la interrumpió:
— No hagas eso, Morotí. Es muy peligroso y Pitá podría ahogarse.
A lo qué respondió Morotí:
— ¡No seas tonta! Pitá es el mejor nadador y el más valiente de la tribu.
¡Irá a buscar mi brazalete al fondo del río!
Inmediatamente sacó Ia alhaja de su brazo y, llamando a Pitá, ordenó:
— ¡Pitá! iHe arrojado mi brazalete al Paraná, y lo quiero! ¡Ve a buscarlo!
Pitá, que quería mucho a su novia y la complacía siempre, se arrojó al agua seguro de volver, satisfaciendo así una vez más a su hermosa Morotí...
Pero sucedió que los que quedaron en la orilla esperando ansiosos la vuelta de Pitá, empezaron a impacientarse, pues éste no volvía...
¿Qué podría haberle sucedido? ¿Habría quedado enredado entre las raíces de alguna planta? ¿Estaría herido?...
Así pensaban, cuando Morotí, desesperada y llorosa, dijo:
— iYo soy la culpable de lo que sucede! ¡Pitá debía haber salido ya! ¡Algo le ha pasado! ¡Yo no quiero que muera! ¡Que llamen al Adivino de nuestra tribu y diga qué debemos hacer para salvarlo!
Varios guerreros salieron inmediatamente a buscara Pegcoé (Profundo), el Hechicero, y al rato volvieron con él.
Todos hicieron silencio, mientras Pegcoé, mirando las profundas aguas del río, dijo con voz misteriosa:
— iYa lo veo...! ¡Es él..., Pitá! Está con I-Cuñá-Payé (hechicera de las aguas) en su hermoso palacio de oro y piedras preciosas!... ¡La Dueña de las Aguas quiere que se quede, y para ello le ofrece todas sus riquezas...!
Pitá parece aceptar... . ¡Y tú, Morotí, por tu orgullo y tu coquetería eres la única culpable de la pérdida de nuestro mejor guerrero!
— ¡No! ¡No! jYo quiero salvarlo! — gritó Morotí, desesperada —. Dime qué debo hacer y te obedeceré ciegamente.
Y habló Pegcoé:

— ¡Tú eres quien puede salvarlo, tú y sólo tú!
— Espero tu mandato. ¡Habla, Pegcoé!
— Debes arrojarte al Paraná y traerlo tú misma a la superficie. ¡Tú debes arrancarlo del poder de la Dueña de las Aguas!
— ¡Te obedezco, Pegcoé, y me arrojo al río! ¡Yo volveré con Pitá! ¡Mi amor vale más que todas las riquezas de I-Cuñá-Payé!
Diciendo así, se arrojó a las aguas, que se abrieron para dejar pasar a la coqueta y orgullosa joven que, arrepentida, iba a salvar a su novio del poder de la Hechicera de las Aguas.
Toda la noche debieron esperar el regreso de los jóvenes. Se encendieron fuegos y se danzó a su alrededor para invocar a Tupa (Dios) y ahuyentar los malos espíritus.
Los ancianos hacían conjuros vencedores del mal. Los guerreros y las doncellas bailaban danzas sagradas...
Ya amanecía cuando fue nuevamente consultado el Hechicero, que seguía mirando las aguas, y Pegcoé dijo:
—¡Ya se han encontrado! ¡MorotÍ ha salvado a Pitá! ¡Ya vuelven abrazados a la superficie! ¡Ya vuelven!
En ese mismo instante, atónitos y maravillados, vieron aparecer en la superficie del agua una hermosa flor de pétalos rojos y blancos. Eran Morotí y Pitá que, así transformados, ofrecían al mundo su belleza y su perfume como símbolos de amor y arrepentimiento!
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REFERENCIAS SOBRE EL IRUPÉ
El irupé es una planta acuática maravillosa. No hay en el mundo otra tan magnífica ni de más raras cualidades.
Es originaria de América del Sur, existiendo únicamente en los ríos más importantes.
Crece en las aguas de nuestro Paraná, pero sólo en su parte norte, porque allí encuentra el clima cálido que necesita para vivir.
Los indios guaraníes la llamaron «irupé» (plato sobre el agua) porque sus hojas circulares, que presentan un pequeño reborde vertical, se asemejan a grandes fuentes o bandejas.
Estas hojas tienen gruesas nervaduras huecas, que las hacen flotar en el agua, ofreciendo tal resistencia, que aves como las garzas pueden posarse sobre ellas.
Las flores del irupé son hermosísimas. Están formadas por muchos pétalos brillantes, de color blanco nacarado en su parte exterior, y rosado en la interior; este color se hace más vivo, hasta llegar a rojo en los pétalos del centro de la flor.
Las preciosas flores del irupé, sólo lucen su hermosura a la luz del día, exhalando al mismo tiempo su aroma delicioso y suave.
A la hora del crepúsculo pliegan sus pétalos y lentamente desaparecen bajo el agua, como si quisieran reposar durante la noche. AI despuntar el alba, surgen nuevamente perfumadas y bellas.
El fruto del irupé, del tamaño de un coco, está recubierto de semillas negras como granitos de pimienta. Estas semillas, según se asegura, ofrecen cierto alimento; por eso la planta ha recibido también el nombre de «maíz del agua».
«Victoria Regia» la llaman muchos, y bien podríamos nosotros proclamarla «Reina de nuestras plantas», ya que la Naturaleza la hizo generosa cual ninguna, para que nos ofreciera el esplendor de su belleza, la bondad de su fruto y el delicado aroma que sus pétalos esparcen sobre las ondas de nuestro hermoso Paraná.

VOCABULARIO:
IRUPÉ: (Plato sobre el agua). Victoria regia, lirio acuático.
MOROTÍ: Blanco.
PITÁ: Rojo.
PEGCOÉ: Profundo.
I - CUÑÁ-PAYÉ: Hechicera de las aguas.
PARANÁ: Gran río que nace en el Brasil y desemboca en el Río de la Plata.
GUARANÍ: Raza de indios que habitaba el litoral de nuestro país.
TUPÁ: Dios.
RUBICHÁ-TACÚ: Jefe Algarrobo.
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EL TIMBÓ (LEYENDA GUARANÍ)
Iraí!... ¡Hija mía!... ¿Dónde estás?... ¡Ven a mi lado! ¡No te apartes de tu viejo padre!... ¡Tú eres la luz de mis ojos, la alegría de mi corazón, el consuelo de mis penas, el apoyo de mi ancianidad!... ¡Tu cariño es el único sostén de mis últimos años! ¡No te alejes de mí, Iraí! ¡No me abandones nunca!
Quien así hablaba siempre a su hija era Isaraki, el viejo cacique de una tribu de indios timbúes que habían establecido sus tolderías en un hermoso lugar, a orillas de nuestro Paraná. Isaraki, que había perdido toda su familia y se encontraba ya viejo y enfermo, adoraba a su única hija. Era tan grande el cariño que le profesaba que sin su compañía el anciano sentíase solo, triste y abatido.
Iraí era para él una hija solícita y cariñosa. Lo guiaba y lo acompañaba siempre, ayudándolo en todas sus tareas de jefe de la tribu; y como era joven, alegre y bulliciosa, sus risas y sus cantos regocijaban también el corazón del padre.
Iraí había llegado a ser, para el anciano, “la luz de sus ojos, el consuelo de sus penas”, como él le dijera.
Llevaban ambos en su choza una vida tranquila y apacible.
Pero una tarde Iraí notó que su padre estaba, al parecer, muy triste y apenado.
— Padre: ¿qué pesar afl ige tu corazón? ¿Qué pensamientos oscurecen tu alma y te hacen callary pensar tanto? — le interrogó con cariño Iraí.
— Hija mía — replicó el padre con los ojos llenos de lágrimas —, desde hace tiempo un solo pensamiento me tortura.
— ¡Dímelo padre... yo te ayudaré a desecharlo para que vuelvan la calma y la alegría a tu corazón! ¿Es que ya no confías en mí? ¿No crees que mi cariño pueda disipar tu penas? ¿No sabes que daría mi vida por verte contento y feliz?
— Iraí, mi dulce y bondadosa hija ...Tú no podrías aliviar mi dolor. Si...
— Si... ¿qué? — interrumpióle Iraí con viva ansiedad, deseosa de conocer el secreto temor de su padre
— Si tú me faltaras, Iraí, me moriría de pena — continuó diciendo Isaraki.
— ¿Qué dices, padre? — interrumpióle nuevamente Iraí —. ¿Por qué piensas en ello? ¿Cómo podría abandonar a mi anciano padre, a quien quiero con todas las fuerzas de mi alma y con toda la ternura de mi corazón? ¿Crees que puedo ser tan ingrata que te deje solo un instante sin mi cariño, sin mi apoyo, sin mi guía? ¡Oh, padre mío... eres injusto si así lo crees!
— Iraí — dijo el viejo cacique al comprender que con sus palabras había entristecido a su hija —, olvida lo que te he dicho. Es tal mi cariño hacia ti, que la sola idea de perderte me llena de angustia y desconsuelo. Sé que nada te separará de tu viejo padre y que viviré hasta mi último día recibiendo como siempre tus cariños y tus cuidados. Y ahora, hija mía, ríe y canta para alegrar esta choza y para que nunca vuelva a entrar en ella la tristeza.
Calló Isaraki. Iraí guardó silencio. La naturaleza calló también: sobre el campo y sobre la selva caían los postreros rayos del sol poniente. Padre e hija sólo oyeron en aquel crepúsculo el susurro de la fronda de los árboles del bosque mecidos por la suave brisa primaveral.
Transcurrió el tiempo y un día llegó de lejanas tierras un apuesto guerrero que se prendó de la bellísima y bondadosa hija de Isaraki.

Ella enamoróse también de él y se casaron. Entonces emprendieron juntos el largo viaje hacia las tierras de donde él viniera.
El anciano cacique sintió destrozársele el corazón; pero no derramó ni una sola lágrima en la despedida. Sin embargo, le entró en el alma una tristeza honda, muy honda.
— Padre... ¡volveremos pronto! — le había dicho Iraí al partir.
Y él abrigaba esa esperanza, que era como un rayito de sol en la oscuridad de su pena.
Desde entonces, todas las tardes salía de su choza y se alejaba de ella en dirección al campo. Allí aplicaba su oreja a la tierra: el mejor medio de percibir los ruidos lejanos.
Creía así oír alguna vez el paso de su hija que volvía.
Uno y otro y otro día, el anciano iba al campo y aplicaba su oreja a la buena tierra que había de avisarle el regreso de la hija ausente.
Pero ésta, aunque recordaba a su padre y lo amaba como siempre lo había amado, no podía volver, y se ressignaba pensando en él y pidiendo a Tupá que lo protegiera.
Una tarde, no volvió el viejo cacique a su choza.
En la tribu se alarmaron por su ausencia y salieron a buscarlo en todas direcciones. Lo hallaron sin vida, en suelo, en la misma posición de aplicar la oreja a la tierra.
Lo levantaron, y ¡cuál no sería la sorpresa que recibieron, al ver que la oreja del cacique se desprendía y se quedaba allí, donde tantas veces él había querido percibir la llegada de su hija!
Nuestra leyenda cuenta también que después de transcurrido un tiempo, nació en ese mismo lugar una planta que creció hasta llegar a ser un hermosísimo árbol.
Los timbúes lo llamaron Cambá-nambí, que en su lengua significa “oreja de negro”.
Es el “timbó”, también llamado pacará.
Y decían nuestros indios que en este hermoso árbol, de elevado ‘tronco y defrondosa copa en forma de sombrilla, mora el alma del viejo cacique para divisar desde lo alto la fi gura de la hija cuyos pasos nunca oyó y para cobijarnos a su sombra como un amoroso padre.
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REFERENCIAS (Del libro Ibakuí)
El timbó, pacará u oreja de negro, es un hermosísimo árbol que alcanza un desarrollo extraordinario destacándose en los bosques por su gran altura y su espeso follaje.
No sólo es muy apreciado por la maravillosa sombra que da su copa en forma de sombrilla, sino porque es un árbol sumamente útil.
La corteza de su tronco contiene tanino, por lo que se la emplea en las curtiembres.
La madera, aunque fl oja, es usada en carpintería. Cuando se seca, produce el mismo efecto que el rapé. Los frutos son vainas de color muy oscuro en forma de oreja (de allí su nombre “oreja de negro”). Se utiliza para fabricar tinta. El tallo, la madera y el fruto contienen saponina, por lo que en las provincias del norte se los emplea como jabón.
Abunda en el norte de nuestro país y se lo ve en algunas calles y plazas de Buenos Aires.
En el barrio de Caballito, Buenos Aires, en la intersección de las calles Puán y Montes, existe actualmente un pacará histórico. Bajo su sombra, hace más de cien años, el Deán Saturnino Segurola aplicó las primeras vacunas a los vecinos del lugar. Se lo conoce con el nombre de pacará de Segurola
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LA LEYENDA DEL ORIGEN DE LOS RÍOS PILCOMAYO Y BERMEJO
Después de la creación , dice que el Gran Chaco quedó al cuidado de Guarán, un gran jefe guaraní. Cuidó de la fauna y la Flora, de la tierra, de los ríos y de los montes.
Guarán antes de morir, entregó el manejo de los asuntos del Gran Chaco a sus dos únicos hijos.
Ambos tenían opiniones diferentes respecto a como administrar la región que abarca en Chaco Central, el Chaco Boreal y el Chaco Austral.
Un día se les apareció el genio del mal, el Aña (diablo, en guaraní) quien les aconsejó que compitieran entre si con destreza para resolver las cuestiones que los enfrentaban.
Tuvichavé y Michivevá, decidieron hacerle caso. Subieron a los cerros lindantes con el Gran Chaco a ejecutar diferentes pruebas de destrezas, resistencia y habilidad.
En una de las pruebas en el manejo de las fl echas, Michivevá lanza una flecha contra un árbol que servía de blanco, pero el Aña hizo de las suyas: la desvió y logró que la fl echa penetrara en el corazón de Tuvichavé, su hermano.
Al instante, la sangre brotó a borbotones, con fuerza y comenzó a bajar por los cerros, el I-pyrá (bermejo).
Al darse cuenta de lo que había hecho, de las consecuencias de ese inútil enfrentamiento, Michivevá comenzó a deshacerse en lágrimas y lloró tanto que sus lágrimas corrieron tras el río de sangre de su hermano.
Así se formó el Pilcomayo, siempre a la par del Bermejo.
Y el Chaco quedó sin jefes.
Pero siguió prosperando bajo el cuidado de la naturaleza, enmarañada, impenetrable, surcado por el río de aguas rojas (el bermejo) nacido de la sangre del corazón de Tuvichavé y de su par, el río Pilcomayo formado por las lágrimas de Michivevá.
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MARAVILLA DEL MUNDO
Desde que la maravilla del mundo
llamaron mi atención, he buscado en
ella algo que llene mi interior,
algo que despierte en mi una brisa de paz.
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No sé si será el canto de las cigarras,
la centenaria sabiduría de un árbol
y todas aquellas bellezas naturales que
para algunos no representan más que dinero,
a mi me han enseñado que vale la pena vivir.
Rubén Álvarez, 18 años
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LAPACHO
Copa de vino añejo que desborda
la sutil embriaguez de sus colores,
encaje, cromo y luz en el que bordan
los pájaros la gloria de sus fl ores.
Mano morena que, enguantada en lila,
acaricia el azul de las mañanas,
badajo fl orecido de la esquila
triunfal del fi rmamento que se infl ama.
Mancha de luz al borde de un camino,
jalón del campo y corazón del viento,
árbol que tiene para sí el destino
de ser la primavera en todo el tiempo.
Y ya solo en la tarde clara y bella,
embriagado de luces y colores,
es el árbol que enciende las estrellas
con la llama morada de sus flores.
José Luis Appleyard
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